Mario Guajardo Vergara: “Todos somos la puta de alguien”

  • El autor nacional hace su estreno en la narrativa con un libro de cuentos llamado Las armas que no disparamos (Barravento), en los cuales hay una fuerte crítica social y en el que la pobreza, la dictadura y la inmigración son factores determinantes en el desarrollo de las historias.

 

Por Felipe Valdivia.

Mario Guajardo Vergara es uno de esos escritores que siempre tienen algo que decir. No elude temas y, por el contrario, se muestra interesado en opinar sobre distintos ámbitos de la actualidad.

Le interesa lo social, pero en el amplio sentido de la palabra, como cuando mostramos lo hipócrita que podemos llegar a ser. Precisamente, en los cuentos que componen su primer libro, Las armas que no disparamos (Barravento), se aborda una temática que ha entrado con fuerza durante el último año en la literatura: la inmigración.

“En algún momento dijimos que Chile no era racista, pero claro, porque no convivíamos con gente de otro color. La inmigración nos obligó a ver toda la miseria que teníamos dentro, de la que no queríamos hacernos cargo con ese chovinismo xenófobo que emanó”, arranca diciendo.

Y claro, convivir con extranjeros en Chile, agrega, ha dejado en evidencia ese doble estándar. También hay otros tópicos en sus cuentos: pobreza, dictadura y la muerte de las ideologías. Aquella mezcla resulta siendo una especie de mapa, registro y apunte de cómo funciona la vida en los sectores más vulnerables de la ciudad.

“No creo que los escritores deban esperar diez o veinte años para sopesar los acontecimientos históricos. Uno tiene que hacerse cargo de lo que está pasando en la calle o al lado tuyo”, subraya.

—Llama la atención que el tema de inmigración lo particularizaras en los haitianos. ¿Tomaste esa decisión por algo en especial?
—Trabajo en un colegio en Estación Central, donde hago clases y cada vez han llegado más niños haitianos a estudiar. Y veo la frustración en sus caras, pero también está la frustración de uno al intentar enseñarles, así que sentí la necesidad de hablar de ese problema.

—¿Esta frustración de la que hablas en qué se manifiesta?
—Los obligamos a vivir en Chile en condiciones paupérrimas; a los niños que están estudiando, no se les ofrece nada; nadie sabe cómo hablan ni cómo hablarles; en términos culturales, desconocemos –incluso– qué nivel de escolarización tienen.

—¿Cómo es el día a día de los haitianos con los que te relacionas?
—Veo honestamente guetos en movimiento. Se sientan juntos, hablan entre ellos, sienten que ese es su mundo, una especie de protección ante los chilenos racistas. Su manera de entender las relaciones entre las personas es muy distinto.

—¿Y en quién recae esta responsabilidad de no involucrarlos?
—El Estado no se preocupa, no existe ningún protocolo para que estos niños reciban lo mínimo de educación. Pero siento que la responsabilidad más grande es social. El color de piel, por ejemplo, en Santiago no existía; era una rareza, algo exótico, pero ahora está en todas partes y nos obligó a ver lo miserables que podemos ser a veces.

—Algunos precandidatos presidenciales han evidenciado un tono racista en sus opiniones frente a la inmigración.
—Los políticos están utilizando este tema para captar votantes, entonces se desprenden de lo políticamente correcto y son capaces de decir cualquier aberración con tal de captar un par de votantes más. La responsabilidad, insisto, es más social que estatal. Como decía Bolaño: “la literatura tiene como terreno de lucha el sentido común”. Yo siento que todos tenemos que dar una lucha fuerte en ese sentido común para que cambie.

—¿En el plano de la literatura, te costó mucho abordar este tema?
—En todos los cuentos traté de ser muy respetuoso con las voces que intenté recoger, con los tonos, las vivencias y el uso del lenguaje. Narrativamente habría sido más atractivo manipular ciertos elementos, pero traté de recoger experiencias y palabras que tienen que ser dichas y trabajadas.

El discurso perdido de Chile

portada.jpegLos seis cuentos que componen el libro están sustentados sobre tres temáticas: inmigración, pobreza y dictadura. Las historias, por lo general, transcurren en sectores periféricos de Santiago donde la lucha social fallida aparece como telón de fondo.

En ese mismo factor errado, están las armas: “es como seguir un concepto chéjovkiano, en el sentido de decir que si aparece un arma en un relato tiene que ser disparada, pero no necesariamente tiene que ser así, porque la realidad a veces no funciona de esa forma”.

—¿Hay una especie de guiño a Pedro Lemebel con los cuentos, tomando en cuenta que hay marginalidad y pobreza, además de la dictadura?
—(Piensa y luego ríe) Es un halago que hagan el vínculo con Pedro Lemebel. A pesar que estos cuentos no sean crónicas, apuntan a esa necesidad que tienen ciertas historias de no sucumbir en la ficción. Hay mucho de realidad y eso lo podrá comprobar cualquiera que los lea. Por eso el tema de la inmigración aparece recurrentemente y no es cualquiera, es decir, que sean los haitianos me parece súper poderoso, simbólicamente hablando.

—¿Y en cuanto a las armas?
—Siento que estamos en un momento histórico global y, particularmente en Chile, se genera un tema en relación a cierto discurso perdido, que incluso puede aparecer representado por las armas. Hay un amplio sector de la sociedad que creyó en las armas como salida histórica, pero eso jamás fue resuelto.

—¿Este fenómeno de las armas en las clases sociales es propio de nuestros tiempos, posdictadura?
—La transición está marcada por estos grupos subversivos que no quisieron nunca aceptarla y probablemente no estaban equivocados en su diagnóstico. De alguna forma retroceden y me parece lamentable que los veamos mezclados con el hampa. Son personajes que creyeron en la revolución y que terminaron asaltando bancos, negociando con delincuentes, a veces de la mano del narco.

—Algo se perdió ahí…
—Hoy vemos que todos aparecen siendo esclavos, lo que te demuestra el poder de los narcos. Ahora no hay ningún discurso, no hay referentes, no hay ideología. También se pierden los colores asociados a lo que antes se llamaba el pueblo o el valor de lo colectivo. Finalmente es todo lo que uno tiene que entender cuando se habla de democracia en Chile.

“Pretextos mentirosos”

mario 1Al final del libro hay un texto curioso. Una suerte de explicación, un diálogo –si se quiere– entre el autor y el lector que sorprende por el tono ascendente que tiene en cuanto a la crítica social que el escritor confirma casi al final.

Guajardo revela que el ejercicio se lo copió a la Premio Nobel de Literatura, Gabriela Mistral, tomando la iniciativa de referirse a su propia obra, antes de que fueran los críticos y los lectores.

—Ahí dices que El comandante, la puta, el detective y el testigo es el núcleo de estos cuentos. ¿Por qué?
—Trato de jugar con ciertas posibilidades de significación o de sentido que puedan tener los relatos dando pistas, quitando otras, poniendo velos, por eso son tramposas y en verdad son mentirosas. Ese primer cuento, al menos como está construido en ciertos roles, son más profesionales, porque efectivamente todos somos la puta de alguien en alguna medida. Ocupamos un montón de funciones de la cual no nos damos cuenta y los personajes de este libro también están en esa lógica.

—Cuando dices que “todos somos la puta de alguien”, te refieres en términos del día a día, me imagino.
—A relaciones de poder en todo ámbito. Fuguet hizo una película que se llamaba Se arrienda jugando un poquito con ese concepto. Creo que todos estamos vendidos al mejor postor, que es el que te pone las lucas a final de mes para sobrevivir.

—“Nada se puede idealizar en Chile, todo es así, rapidito, a la pasada y sin gloria, ni siquiera con tiempo para ponerse a pensar el pesimismo social o el pesimismo literario que se presenta en estas páginas”, dice el texto en la contratapa. ¿Crees que el fenómeno reaccionario y contestatario de la sociedad también es un fenómeno a la rapidita y a la pasada?
—Lamentablemente sí. ¿Qué nos queda del movimiento del 2011? No soy analista político ni mucho menos un experto en movimientos sociales, pero lo que veo es que del discurso inicial no queda nada. Las ganas de pelear por la gratuidad se terminaron y ahora asumen el discurso de las cadenas de producción. Me da la impresión que aparecen banderas de lucha muy respetables, pero no veo una continuidad y eso me da miedo. Nos embarcamos en grandes luchas de apariencia, nos ponemos una máscara, pero después otra y claro siempre cuidando de no morder esa mano que nos da de comer.

—Ahí está nuevamente ese concepto de “la puta”.
—Hay que asumir lo miserable que hay en ese gesto y comodidad que tenemos. Vamos a la marcha contra las AFP, pero acto seguido gastamos toda la plata al Costanera Center.

—¿Tus personajes caen un poco en eso?
—Pero intentan salir constantemente, y en ese sentido, hay cierta dignidad.

—¿Y en qué fallan?
—En que no encuentran la salida. La gran pregunta es si no la saben ver o todavía no se construye. Prefiero pensar que es una mezcla de las dos cosas. Creo que pueden haber salidas en distintos movimientos que plantean ciertas alternativas a la vida contemporánea.

—¿Estás trabajando en algo nuevo?
—Estoy con tres o cuatro proyectos simultáneamente, pero te puedo hablar sobre uno. Es un libro de cuentos breves que va a trabajar la figura de las malformaciones físicas, cicatrices incluso, no necesariamente malformaciones graves, pero ciertos aspectos del cuerpo que te van determinando en tu funcionamiento, en esa identidad y construcción de autoimagen que determinan tu rol social.

—De nuevo aparecen temáticas determinantes en lo social. ¿Son estos temas los que vas a seguir trabajando o quieres incursionar en otros?
—No me cierro a trabajar en otros temas, pero me interesa trabajar más con las historias que se tejen alrededor de los eventos históricos y las mentiras que vamos tejiendo alrededor nuestro para sobrevivir. Así funciona la literatura, pero siento que así también funcionamos como individuos en nuestra sociedad.


El proyecto de Barravento

Comenzaron como “talleres Barravento”, con Camila Rioseco y Víctor Hugo Ortega, cuyo proyecto inicial era formar audiencias en el ámbito de la recepción estética tanto literaria como en el cine, el periodismo y obviamente la literatura. Ahora abren esta vertiente de Barravento ediciones, inaugurando la colección, con el libro del escritor Mario Guajardo Vergara.