El maniático pastor Soto

Por Felipe Valdivia.

La escena es la siguiente: el autodenominado pastor Javier Soto saluda de mano a José Miguel Villouta en su programa “El Interruptor” de Vía X y se pone a orar ante la respetuosa, aunque incrédula, mirada del periodista (podría haberlo interrumpido). Luego el conductor le pregunta precisamente eso, que si acaso no consideraba una suerte de imposición el hecho de haber orado sin consulta previa, pero el personaje dice que no, que siempre lo hace, que el “señor” también tiene sus propias pautas.

Lo condenable, sin embargo, viene minutos después, cuando el maniático pastor saca desde el bolsillo de su chaqueta la bandera de la diversidad sexual para colocársela bajo sus pies en el suelo argumentando que “es una alfombra que siempre coloco en los programas que voy (…) este es el trapo de inmundicia que hay que colocar acá”.

Villouta, incrédulo, queda atónito un par de segundos hasta que logra reaccionar e insiste majadera y pacientemente que levante la bandera del suelo, porque es una falta de respeto no solo para él, sino que para toda la gente que está en el set de televisión. Soto se resiste, provoca. Hasta que todo se termina cuando interviene la directora de contenidos del canal. Pero Soto insiste, su delirio no tiene límites.

Captura de pantalla 2017-06-20 a las 4.40.14 p.m.

Horas después, en su cuenta oficial de Facebook, la performance continúa y declara lo siguiente: “Bueno, primero que nada agradecer al canal Vía X por abrir sus puertas. Pudimos estar saludando a nuestro amigo José Miguel Villouta, quien nos ayuda a promocionar nuestra campaña como Iglesia Evangélica, contra el nefasto orgullo gay, así como el nefasto orgullo pedófilo que obviamente le hacen muy mal a Chile”. Y continúa: “Vamos a estar oponiéndonos a toda idea que nosotros consideramos que va en contra de los principios que tiene la familia chilena. En nuestro país no vamos a tolerar otro trapo de inmundicia”. E interrumpe su delirante discurso, limpiándose la nariz con el mismo emblema de la diversidad.

Escribo desde la rabia, pero intentaré contenerme por respeto (respeto, señor Soto) a quienes leen esta columna, incluido eventuales evangélicos que puedan estar leyéndola en estos momentos. Soy heterosexual, casado, sin hijos. Pero ver todas estas escenas me conmueve. Pienso en mis grandes amigos gay y lesbianas que todavía tienen que soportar las constantes puestas en escena de este irracional personaje. Habíamos pensado que con la ley Zamudio este tipo de actos provocativos, llenos de violencia y discriminación podían acabarse, pero no. El hecho empírico es que personajes como este se amparan bajo la “palabra del señor” para desplegar toda su artillería homofóbica que aún sigue atacando como un cáncer a sectores de nuestra sociedad.

Quisiera seguir creyendo lo que vengo pensando desde que sigo los videos de este tipo en Youtube: que simplemente es otra de sus locuras, otra de sus delirantes presentaciones para seguir haciéndose famoso y para que nosotros mismos (los medios) sigamos cometiendo el error de darle tribuna. No obstante, esta vez es distinto, pues ahora parece que Soto cruzó el límite entre la escasa neurona que le queda para pasarse definitivamente a la locura.

Encauzo nuevamente hacia la mesura en mi texto, pero me cuesta. Los dedos me pican por escribir un improperio en contra de él. Porque por tipos como este siguen ocurriendo ataques homofóbicos en nuestras calles y ciudades. Quizás no lo vemos, pero miles de ciudadanos corren el peligro de que personajes llenos de odio –como este autodenominado pastor– acosen y juzguen amparados por la palabra del señor. El nivel de impacto de estas imágenes podría, eventualmente, influir en otras personas desquiciadas que piensen como él y actúen irracionalmente, según lo que diga el librito sagrado o lo que les mande a decir el señor, que dicho sea de paso, siempre termina lavándose las manos cuando ocurre algún crimen de estas características.

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Aporto información como periodista: el pastor Javier Soto entregó públicamente su apoyo hace unas semanas atrás al precandidato presidencial de ultraderecha José Antonio Kast (no Felipe Kast, su sobrino). Incluso le bendijo su candidatura y posaron juntos en una foto. Me pregunto qué pensarán los otros candidatos de derecha, partiendo por su sobrino, Felipe Kast, además de Piñera y Ossandón; sobre todo este último, quien también ha insistido sobre la estúpida base de que el matrimonio (y las relaciones) son entre un hombre y una mujer y que no apoyaría la adopción homoparental. Porque imagino que algo tendrán que decir frente a este nivel de violencia televisiva.

El pastor Soto es una prueba viviente de la intolerancia y la discriminación que existe en Chile. Si tuviera que resumir todo esto, solo podría colocarle un adjetivo: maniático. Y además, si tuviera que hacer una reflexión filosófica, sería la siguiente: si Dios existe, ¿cómo cresta no le ha enviado un castigo a este tipo por sus constantes ataques cruentos, como el que fuimos testigos en el programa “El Interruptor”?

Un último análisis antes de terminar. Hoy, más que nunca, me siento tranquilo y feliz de ser ateo y no aferrarme a ninguna creencia que dicte que el amor debe ser entre un hombre y una mujer. Porque al final de eso se trata esta inmunda guerra que está librando Soto. Que “Dios es tan perfecto que creó al hombre y a la mujer porque es lo natural”. Delirante.



Categorías:Espacio Abierto

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