Fantasía y realidad: reflexiones sobre cómo perderse (o encontrarse) en el mundo

Por Constanza Veloso*

La fantasía forma parte de nosotros. En distintos grados, formas y niveles de conciencia, todos, incluso quienes presumen de un carácter marcadamente racional están definidos por un aspecto fantasioso que, como todos los demás, forma parte de su identidad singular. Esta fantasía puede ser mutable, o bien variada y numerosa; lo cierto es que la encontramos en distintos lugares de la existencia a lo largo de los años: en los juegos infantiles, en el tan habitual amigo imaginario, en los cuentos que nos leían antes de dormir, en esa fascinación por imitar los roles adultos exaltando los rasgos más comunes, en ese superhéroe que admirabas en tu infancia y que, posiblemente, sigues admirando hoy en día; en esas películas de ciencia-ficción o fantasía, en las novela del mismo género o en las románticas, e incluso, en esos anhelos que surgen de lo más hondo de la identidad y que deseamos hacer realidad algún día.

Tal parece que lo que entendemos por fantasía podría resumirse en un concepto: Lo falso. Aquello que no es real, que no existe en el momento y que, incluso por lógica o de acuerdo con las leyes naturales, no podrá existir jamás. Haciendo caso omiso —por ahora, al menos— a esta última afirmación que es muy discutible y para cuya respuesta sospecho que necesitaríamos la eternidad de la vida misma, prefiero centrarme en esta noción de lo falso y en lo que ella supone. Lo que no existe y cuya existencia podría resultar inexistente de manera indefinida, puede tratarse, en ciertos casos, de objetos o actos que con esfuerzo podrían volverse realidad: vivir en el extranjero, inventar un aparato tecnológico revolucionario, dar con la cura de una enfermedad, encontrar a la pareja perfecta y realizar un deporte extremo que nos atemoriza.

Pero existe otro tipo de fantasía, una que no depende de la voluntad ni del esfuerzo, y que, en muchos de sus casos, se encuentra totalmente excluida de la realidad. Ideas como el fin de la maldad en el mundo, la paz y los milagros. Otras de estas fantasías son más extremas e incluyen situaciones, objetos y personajes que solo existen en la literatura de dicho género: dragones, magos, hadas, criaturas mitológicas, guerras heroicas, habilidades curativas, acciones y eventos paranormales y un largo listado que podría extenderse hasta los límites poco probables de la imaginación.

Llamo a este tipo de fantasía, ideal, por el hecho de tener su origen en el pensamiento, pero, especialmente, por referirse a una concepción idónea y a un modelo perfecto de cierto objeto.

Sin ahondar en las causas biológicas que pudieran influir en la tendencia natural del ser humano a fantasear, y en contra de algunas teorías que defienden la fantasía en tanto fuente de creatividad redentora y curadora[1], rescato de ella una facultad diferente, mezcla de pertenencia y enajenación con respecto al mundo, que no resulta benéfica ni peyorativa, pero que abarca la existencia humana de manera total. La fantasía inspira, motiva, crea, pero también elude, aleja, confunde.

Si la modernidad nos entregó a Baudelaire como representación del artista aislado y opuesto al mundo en favor del arte y la contemplación, el mundo contemporáneo, con su mezcolanza de instituciones y culturas, y con la carencia de una identidad ciudadana, otorga a la fantasía el poder de enajenar al ser humano, pero, al mismo tiempo, lo trae de vuelta, lo mantiene en tierra firme, luchando por ideales, ganando la aprobación de otros, buscando la perfección y el ideal en las relaciones humanas, trabajando por un mundo mejor. Estas son algunas de las causas que hacen del común de las personas, seres sensatos viviendo en la realidad, pero… ¿pertenecen estas causas a la realidad? ¿No se trata más bien de un montón de reglas propias de un paradigma social? Y si lo son ¿Es posible definir estos paradigmas y sus leyes como realidad? El ser humano vive, cree que sabe dónde y cómo, pero sospecho que en el fondo no lo sabe. Acusa al enajenado y al soñador, al indigente que huyó (o intentó hacerlo) del sistema social, pero no siempre se da cuenta de que vive también en un mundo de fantasía, gobernado por ilusos con poder que manejan a ilusos despojados de su justo poder, quienes se han llenado los ojos con fantasías suficientes para dejarse llevar en lo que consideran realidad.

Lo fantástico surge como solución a lo que se ha perdido en la realidad, pero ésta, a su vez, se compone de otras fantasías, de ideales que en algún momento se deformaron hasta generar tanto escapismos enfermizos como la creación de las más grandes y nobles historias fantásticas. No hay fantasía sin realidad, pero tampoco hay realidad sin fantasía, el límite es ambiguo.

¿Sería diferente si viviéramos bajo el paradigma social de otro tipo de fantasías, unas más justas y nobles de esas que la mayoría identifica como ideales y fantásticos? Imposible saberlo, al menos por el momento. Quizás cientos y miles de años en el futuro puedan darnos respuestas más esperanzadoras. Por el momento, tenemos el deber y el placer de fantasear por el bien de nuestro presente y el del futuro.

[1] I. M. Rozet en su libro Psicología de la fantasía, afirma que “el sujeto que fantasea puede emplear material tanto imaginativo como lógico-verbal, y las esferas de la aplicación de la fantasía igualmente pueden ser el arte, la ciencia, la técnica y las relaciones humanas.”

Constanza Veloso es licenciada en Letras y Ciencias del Lenguaje por la Universidad Finis Terrae; actualmente cursa el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. En 2016 publicó “El rumbo universal” (Opalina Cartonera).