La noche que una chica me entregó a un chico

Por Denise Griffith*
  • Nunca me sentí más traicionada que aquella vez con L. Sí, L., como la de la novela Basada en hechos reales de Delphine de Vigan.

 

L. siempre había demostrado ser impulsiva y egocéntrica: le metía los cuernos a su novio con el primer chico que encontraba y si veía a alguien pidiendo una moneda en la calle, lo miraba con desprecio. También me incitaba a tomar alcohol con un dale, no seas boluda y si no iba a alguna fiesta, me decía que era una ortiva. Era la típica amiga canchera y yo era la típica amiga copada. Tenía toda la actitud de una protagonista de Chicas pesadas (Mean Girls) o una popular girl de las películas estadounidenses. L. compraba la Cosmopolitan y se sentía lo más usando ropa de marca. Si habías entendido algo mal, te corregía con un no, bolas. Pero como un buen novio manipulador, sabía mantener a las personas a su lado. Tenía un costado sensible y, cuando estabas en onda con ella, te hacía sentir especial, por supuesto.

L. rara vez se prestaba para ir a merendar. Y si iba, procuraba que no fuera “un café de viejos”. Lo suyo eran las salidas nocturnas. Una noche nos invitó a un amigo de ella de mi edad y a mí a un encuentro en la casa de su novio, con el que ya llevaban dos años. Un novio dos años menor que ella, como yo, que tenía 22. Ella me había planteado –antes de que fuera– que en un mundo ideal yo saldría con su amigo, que si me ponía de novia con él, íbamos a hacer salidas los cuatro

Lo primero que vi cuando entré fue la perra, que no paraba de ladrar. Siempre me gustaron los perros pero esa perra me daba algo de miedo. L. me presentó al amigo, un chico pelado que de entrada no me pareció lindo. Se llamaba F. y tenía el cráneo al descubierto, ni siquiera rapado, si no como si hubiese pasado por quimioterapia.

Empezamos tomando un poco de Campari y hablando de cómics y la pelea que íbamos a ver por televisión. L. se puso a alardear de un nuevo conjunto de lencería roja con encaje y esposas que acababa de comprar. Vivía de compras y podía permitírselo. Además, ella era fanática de 50 sombras de Grey: había ido a la avant premiere y todo. Hablamos un poco más con F. y me di cuenta de que tampoco su personalidad me atraía. Me resultaba insípido y no teníamos nada en común. El tiempo pasó lentamente hasta que M, el novio de L., propuso hacer shots de vodka. Ya sentía que me empezaba a hacer efecto el Campari, pero acepté. L. trajo unos dados sexuales. Dejamos en claro que íbamos a jugar por parejas: ella con su novio y yo con F. Me tocó “lamer” y “látex”. No se tomó como válido y por más que hubiese sido así, me habría negado. Entonces, volví a tirar y tocó “beso” y “boca”. Lo besé aunque no quería. Como si pensase que por besarlo podría descubrir que en realidad me gustaba, como si pudiese convencerme a mí misma. Él me siguió el beso, entusiasmado.

Nos pusimos a ver la pelea y después de eso una película malísima. Acompañé a L. a su cuarto y ella me ofreció un lubricante y un conjunto de ropa interior. Le dije que no me gustaba su amigo. Le dije que tenía sueño, quería volver a mi casa. Me dijo que me quedara y no fuera boba. Le hice caso. Debí imaginar que era un auténtico peligro quedarme en esa casa.

Le dije a L. que me iba a dormir al otro cuarto. Le pedí un pijama prestado. Todo lo que me ofreció fue un top con un short, no tenía nada más largo, me dijo. Me habló y habló hasta que lo terminé agarrando. Le dije que no se le ocurriera mandarme al pibe, sabiendo que F. estaba dos pisos más abajo y me fui. La enormidad de la casa me amparaba. Me tiré en la cama matrimonial, muy pendiente. Sabía que no me iba a dormir, que no podía dejar de estar alerta. Unos minutos después, vino F. Trató de besarme y me resistí. Le dejé en claro que no quería besos. Me metió la mano entre el short y le grité qué hacés. Nadie me escuchó o, mejor dicho, nadie quiso venir. No me animé a decirle a F. que simplemente me rehusaba a estar con él, le dije que estaba enamorada de alguien. Había algo en él que me daba lástima. Pero al ver que volvía a intentarlo, sentí ira. No le di un golpe, lo que golpeé fue la cama y le dije no me sigas. Bajé a la planta baja, donde tenía mi celular y llamé a mi papá para que me pasara a buscar. Después me encontré con L. que quería saber qué había pasado, pero parecía más preocupada por su amigo que por mí. Trató de convencerme para que me quedara, a pesar de todo. Pero esta vez no pudo conmigo. Llegó mi papá y me escapé de ese infierno de manipulación.

d31037795f7a156e7db638a4db3faca0.jpgNunca volví a aceptar una invitación de L., ni siquiera para ir a la vuelta de la esquina. No respondí a sus llamados intentando pedir perdón o convencerme de que no había hecho nada. Si alguna vez una chica a la que le tienen cierto afecto (aunque no sea su amiga, solo alguien con quien pasan el rato) trata de convencerlas para hacer algo que no quieren, no se dejen engañar. Parece obvio, pero no lo es. Sobre todo con un poco de alcohol encima.

Es el día de hoy que cada año L. sigue invitándome a sus cumpleaños como si nada hubiera pasado. Mi mejor amiga, a quien yo le presenté a L, me comentó hace unos meses que la última vez que la vio L. trató de hacerle gancho con alguien incluso cuando ella le había dicho que no y no. En retrospectiva, esta chica no es más que la cara femenina visible de una parte de la sociedad que, aún en la era del Ni Una Menos, legitima el abuso. En una ocasión, le conté esta historia a un amigo sin decir que era yo la protagonista y me contó que le resultaba graciosa. En ese instante, dejó de ser mi amigo. Pero no hace falta ir muy lejos para darse cuenta de lo horrible que es. Solo con imaginarse a ella tan fanatizada con 50 sombras de Grey parece todo muy tenebroso.

 

*Denise Griffith nació en Buenos Aires, Argentina. Es poeta y escritora y actualmente estudia traductorado y profesorado de inglés y también dedica su tiempo a dar clases a diferentes edades.



Categorías:Columnas

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