Claudia Andrade Ecchio: “A través de la escritura me contacto conmigo misma”

Por Eva Débia Oyarzún

Solitaria y algo tímida, esta mujer de grandes ojos ha hecho de su existencia una sinergia de literatura; es coautora de La Espera junto a Camila Valenzuela (Alfaguara, 2016) y autora de Maleficio: El brujo y su Sombra (Loba Ediciones, 2016).

Junto a lo anterior, es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica y Magíster en Literatura con mención en Teoría Literaria y acaba de entregar su tesis para optar al Doctorado en Literatura Chilena e Hispanoamericana de la Universidad de Chile.

Hoy, es docente del diploma de extensión “Literatura para Infancia, Adolescencia y Juventud”, del Departamento de Literatura de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la que siempre ha sido su Alma Mater y también de un módulo en el Diplomado “Literatura Infantil y Juvenil: Teoría, Edición y Creación” del Instituto de Estudios Avanzados (IDEA), de la Universidad de Santiago.

Pero esta aplicadísima investigadora no se conforma con esto; además, realiza cursos vinculados a su área de especialidad en las universidades Andrés Bello y del Desarrollo.

–¿Cómo era la Claudia niña?

–Escribía harto, en cuadernos y diarios de vida, pero era una muy mala lectora. Prefería ver televisión, especialmente animé; o jugar sola en mi pieza. Me gustaba –y todavía me gusta– la soledad. Sin embargo, a los 14 años, dos personas influyeron en que me entusiasmara por leer: mi profesora de castellano, Yolanda Pozo, quien me cobijó en la biblioteca del colegio en momentos difíciles, y una amiga de mi mamá, Laura Vargas, quien me regaló una suscripción a la biblioteca de Providencia.1.jpg

–¿Qué te pasó en ese momento?

–Desde ahí, me convertí en una asidua lectora de tragedia griega, realismo ruso, ciencia ficción norteamericana, manga japonés, fantasía anglosajona, narrativa policíaca y de terror, teatro contemporáneo, narrativa de la conciencia y poesía simbolista.

–¿Cómo decidiste que querías ser escritora?

–No podría mencionar un momento preciso. Solo puedo decir que siempre me ha gustado escribir, porque a través de la escritura me contacto conmigo misma; el tema es que no me sentía cómoda mostrando lo que escribía y por eso pasé mucho tiempo escribiendo solo para mí o para amigos muy cercanos.

–¿Tienes referentes literarios?

–Me gustan mucho las novelas de corriente de la conciencia, entre las que destaco El sonido y la furia de William Faulkner, La señora Dalloway de Virginia Woolf y Eloy de Carlos Droguett. Lo que más disfruto de estos relatos es que no son lineales; por el contrario, nos cuentan una historia a retazos, fragmentos que, como lectores, nos permiten armar un puzzle, pero no completo, porque siempre faltan piezas.

–¿Por qué decidiste enfocar tu desarrollo literario y profesional desde la literatura juvenil?

–Sentí que se trataba de un territorio escasamente explorado y, además, siempre desde el prejuicio. Expresiones como “comercial”, “estereotipada”, “evasiva”, eran comunes entre quienes hablaban de esta literatura, lo que, en mi experiencia como lectora, no era así. Desde esa necesidad de abordar estas narrativas con una mirada crítica y desde los estudios literarios nacen mis ganas por escribir e investigar.

–¿Cómo evaluarías la literatura juvenil chilena actual?

–Creo que hay una búsqueda por contar historias que, de alguna manera, dialoguen con nuestro imaginario país. En cuanto a obras en específico, me gustó muchísimo el ejercicio de Sara Bertrand y Alejandra Acosta en La mujer de la guarda, la propuesta fragmentaria de Andrés Urrutia en Hijos de la ira, la presencia de lo ominoso en el espacio urbano en Funeral en rieles de Michael Rivera, la fantasía chilena tributaria de Tolkien en los libros de Alejandro S. D’Alessandri y Joseph Michael Brennan, y la urgencia por construir personajes diversos como lo hace Roberto Fuentes en sus novelas Rayen y Batichino o Camila Valenzuela en Nieve negra y Antes de volver a caer. Hay una renovación de nombres y temas, sin duda, aunque sigo encontrando que falta mayor visibilidad y aproximación crítica a estas obras.

–¿Cuáles crees que son los intereses actuales del lector juvenil?

–Es difícil contestar esta pregunta. Siento que hay una multiplicidad de intereses, desde quienes buscan ser partícipes de grupos de lectura o de fans hasta quienes indagan, a través de sus lecturas, en sus propios demonios y deseos. En general, los lectores quieren que los sorprendan y, no importando el género literario escogido, que les hablen de experiencias de vida verosímiles y a partir de las cuales puedan identificarse y/o reflexionar.

–En un entorno cada vez más multimedia, ¿cómo evalúas la proyección del mercado editorial en un futuro próximo? ¿Es complementario o excluyente?

–Para las editoriales ha sido un desafío, sin duda, comprender la necesaria multimedialidad en el que las narrativas contemporáneas se construyen. Me parece, y esto es más bien desde una apreciación personal, que en esto las editoriales independientes están a la vanguardia, pues se atreven a publicar, justamente, libros más bien cuestionadores o que incomodan, ya sea por su estructura narrativa como por sus temas y personajes.5

–¿A quiénes destacarías en este sentido?

–Hay ejercicios interesantes, como editoriales abiertamente con catálogos para jóvenes, como es el caso de Loba Ediciones, o como proyectos personales de narrativa visual, entre los que puedo mencionar Varua Rapa Nui de Bernardita Ojeda e Ismael Hernández, Los años de Allende de Carlos Reyes y Rodrigo Elgueta, y Álex Nemo y la hermandad del Nautilus de Francisco Ortega y Gonzalo Martínez. Se trata, eso sí, de un doble desafío, tanto para editores-as como escritores, quienes deben abandonar sus “zonas seguras” para explorar otros formatos, nuevas formas de contar una historia y nuevas maneras de relacionarse con el público lector.

–¿Existen diferencias entre el consumo literario juvenil extranjero y el chileno?

–Tanto en Chile como en otras latitudes la búsqueda es la misma: por un lado, novelas realistas que aborden temáticas atingentes y, por otro, novelas de fantasía, terror o de ciencia ficción que discutan los regímenes económicos, sociales y políticos que hemos creado. Los lectores buscan identificarse con los protagonistas; quieren dialogar con ellos y ser parte de una realidad a través de la ficción literaria.

–¿Qué pasa con los llamados clásicos infantiles? ¿Siguen siendo de interés, o quedan recluidos a un público más específico?

–El concepto de “clásico” es cuestionable. Sin embargo, y atendiendo a que lo que llamamos “clásico” da cuenta de imaginarios arquetípicos, literarios y culturales más bien antropológicos, creo que hay imaginarios narrativos que nos gusta revisitar permanentemente. En particular, me siento atraída por los cuentos de hadas y su capacidad, muchas veces velada, de subvertir órdenes aparentemente eternos; también disfruto de aquellos relatos que abordan lo ominoso, lo dual, lo fragmentario, lo especular. Aquí hay varios “clásicos” que han construido su casa en mi imaginación y creo que es desde esas habitaciones, algunas más visibles que otras, que se nutren las historias que me gusta contar.

–¿En qué te inspiraste para escribir Maleficio?

–Quería contar una historia de brujos y brujas ambientada en el Chile actual. Pero, principalmente, quería proponer un mundo narrativo complejo, con personajes ambiguos que desafiaran la tradicional dualidad bueno/malo de algunas novelas contemporáneas escritas para jóvenes. Por eso me pareció que la brujería era el trasfondo ideal para lo que realmente quería mostrar: la incertidumbre de no saber quiénes son y qué motiva a las personas que nos acompañan a diario.4.jpg

–¿Qué rol tiene el lector en esta obra?

–Un rol preponderante, pues la historia no se cuenta linealmente ni tampoco cuenta con narradores muy confiables. Incluso para los lectores de la novela se aplica la segunda regla de la brujería: “No confíes en nadie”. Justamente, este ejercicio de plantear narradores mentirosos o que eligen qué contar y qué esconder es central a la hora de entrar al mundo narrativo que propone Maleficio.

–¿Qué puedes comentarnos sobre los parámetros morales de los personajes de Maleficio?

–No tienen ninguno. Son personajes aparentemente individualistas, que solo buscan satisfacer sus deseos personales, pero que, en realidad, están atados a herencias familiares que, para algunos son una pesada carga, mientras que para otros los motivan a ser lo que son y a hacer lo que sea necesario para mantener sus tradiciones. El juego del poder es clave como también lo es la desconfianza.

Una de las características de Maleficio es su contemporaneidad. ¿Cuál es tu vínculo con Concepción?

–Mi familia paterna vive en Concepción, por lo que pasé muchos veranos allá. Me gustan mucho sus calles, sus entornos naturales (como la desembocadura del Biobío) y sus localidades aledañas (en especial, Tomé). Esta cercanía más bien emocional con la ciudad me llevó a querer ambientar la novela allá.

¿Tenemos fecha para la segunda parte?

–Si todo va según lo planeado, la continuación de Maleficio estará para el segundo semestre de 2018.

¿Hay otros proyectos editoriales en carpeta?

–Tengo proyectos escriturales en carpeta, algunos individuales y otros colectivos. Todos me tienen entusiasmada y, espero, poder avanzar con ellos durante el próximo año.

 



Categorías:Entrevistas

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