Juan Pablo Sáez, escritor: “La mejor forma de enfrentar los miedos a hablar sobre la dictadura es a través de la ficción”

  • El periodista lanza su primera novela “Operación Réquiem” (Penguim Random House) inspirada en la imagen de la Mujer Metralleta, Marcela Rodríguez, combatiente y guerrillera del Movimiento Juvenil Lautaro, grupo que protagonizó una de las resistencias más recordadas de la transición chilena.
Por Felipe Valdivia Medina

La historia se forja en la Universidad Arcis. En la antigua, eso sí. Esa donde el proyecto académico aún tomaba forma en plena década de los 80, cuando la dictadura de Pinochet todavía impulsaba el miedo a través del terror y el horror con el accionar de los agentes del Estado.

Es en esa casa de estudios donde se piensa –y se crea– un grupo guerrillero que hará frente al régimen a través de las armas. Ahí estará Julián Oses, un estudiante de periodismo que asistirá a un taller de fotografía impartido por un enigmático profesor, quien también tendrá entre sus alumnos a una silente joven.

“Era bonita. Donde fuera llamaba la atención. Se decía que venía de una familia de plata. Un espécimen raro en esa época, tratándose de una estudiante de la Arcis”, le responde Oses al editor del diario en el que trabaja, cuando investigan a Verónica G., chapa de Ángela Schmidt, supuesta líder de las Brigadas Revolucionarias. Estamos a mediados de los 90.

Así se despliega la trama de Operación Réquiem (Penguim Random House, 2018) del escritor y periodista Juan Pablo Sáez, quien presenta este thriller político inspirado en la imagen de la Mujer Metralleta, Marcela Rodríguez, combatiente del Movimiento Juvenil Lautaro (MJL) que en 1990 protagonizara uno de los más recordados casos de resistencia guerrillera.

–¿Cómo nace la idea de escribir esta historia?

–El caso de esta mujer como ícono del final de la dictadura e inicio de la democracia siempre me llamó la atención. En primer lugar, por el hecho de que era una guerrillera, lo cual era algo raro no sólo en Chile, sino que a nivel latinoamericano; y segundo, porque nunca se había hecho nada con ella, salvo una obra de teatro, un documental y un par de notas de prensa.

–Pero no es la historia propiamente tal de la Mujer Metralleta

–Me enganché de su figura. Al principio la idea era hacer una historia de ficción sobre ella, pero luego surgió la idea de poner a un periodista que la buscara.

–¿Por qué finalmente decides contar esta historia y no la de la Mujer Metralleta?

–Más que nada por comodidad. Cuando estaba escribiendo esta historia trabajaba como periodista cumpliendo horarios, lo que me imposibilitaba llevar una investigación más acuciosa. Además, sentía que ella estaba muy estereotipada y deshacerse de eso era muy complicado.

–¿Cuánto influye la prensa en estereotipar la imagen de estos grupos guerrilleros, considerando que para referirse a ellos –y hasta hoy– se utilizan conceptos como “terroristas” y “extremistas”, entre otros?

–Influye mucho. Sabemos perfectamente que la prensa chilena está dominada por la derecha chilena, hay prácticamente un solo punto de vista respecto a las cosas.DSC_0017.JPG

–¿Eso explicaría la poca información disponible del Movimiento Juvenil Lautaro y de la propia Marcela Rodríguez?

–Se provocó un consenso en la prensa en torno a que ciertas cosas que no debían ser tocadas. Por ejemplo, tú revisas la revista Apsi y prácticamente no se habla de la Mujer Metralleta ni tampoco del rescate de Marcos Ariel Antonioletti en el Sotero del Río. Es como si no hubiese existido. El Mercurio para qué decir, de alguna manera manipula la información.

–¿La decisión de que sea un periodista el que cuente la historia tiene que ver un poco con esto que mencionas? ¿Hay una suerte de crítica a la prensa en relación a estos grupos guerrilleros?

–Es por lo que te decía anteriormente. No se ha contado mucho sobre esto, además, soy periodista y cuando me tocó trabajar como tal, a fines de los 90, me di cuenta que el ideal que construimos en la universidad de buscar la verdad se rompe. Uno se da cuenta que dentro de los medios, sean de izquierda o de derecha, existen ciertas jerarquías, elementos y corrientes de pensamientos y también intereses económicos y políticos, que impiden que esa verdad salga a la luz.

–¿Y cómo ves al periodismo actual?

–Mucho más jugado, tal vez con menos profundidad, pero sin miedo que es lo que provoca la autocensura. Hoy los periodistas más jóvenes se lanzan con todo y no tienen esos temores que había en la dictadura. Además, hoy los medios tecnológicos han ayudado a que sea más democrático el acceso.

 

El decaimiento de las guerrillas

Fábrega, el editor; Oses, el reportero. Ambos personajes divagan, reflexionan, dudan. Las redes de protección de las Brigadas Revolucionarias actúan majaderamente sobre ambos, pero Julián se llevará la peor parte, cuyas consecuencias traspasarán el límite de lo profesional afectándolo en el plano familiar.

La madeja de conflictos y poder del grupo guerrillero son insospechados para el protagonista, quien siempre trabajó sobre la base de que el grupo era más bien una respuesta a inquietudes personales que tenía el líder de éstos.

Entre ficción y realidad hay algo de eso. “(El Movimiento Juvenil Lautaro) era más bien improvisado; realmente era juvenil, conformado por muchos liceanos y era menos de élite económica que el Frente Patriótico Manuel Rodríguez”, afirma Sáez, quien revela que pasó varios años investigando sobre el tema para escribir la novela.

–Marcela Rodríguez confesó en una entrevista en el The Clinic, que con el Movimiento Lautaro “no supieron parar a tiempo y decir hasta acá no más llegamos” después que volvió la democracia. ¿La novela se encarga de mostrar el decaimiento del movimiento?

–Absolutamente. En Sebastián (uno de los personajes), que termina muy enfermo años después, está simbolizado la decadencia, las divisiones y las diferencias políticas al interior de estos grupos. Metaforiza, de alguna manera, la decadencia del sistema político y la generación que se perdió en los 90.

–¿Cómo crees que deberían ser recordados estos grupos y militantes que combatieron a través de las armas, la dictadura?

–Creo que el nombre de la película “Generación perdida” es lo mejor que se puede afirmar, yo me incluyo en esa cola, a pesar de que era más chico. Esta democracia tutelada que hubo en la transición; la prensa muy derechizada, incluso la de izquierda, se encargó de ponerle la lápida a estos grupos, que finalmente echaron por tierra a una generación que tenía mucho potencial político.

–¿Qué faltó para aprovechar ese capital?

–No hubo una reingeniería política. El hecho de que la gente quisiera más tranquilidad y que ya estaba en otra y avizoraba un futuro mejor, además del papel de los medios de comunicación provocaron que la historia se los comiera.

–¿Desde tu punto de vista, por qué crees que estos grupos finalmente desaparecieron, más allá de las medidas que tomó el Gobierno de la época?

–El FPMR claramente hace crisis después de Guzmán, aunque antes, ya había hecho crisis para el atentado frustrado a Pinochet con una división al interior del movimiento cuando entramos a la transición. En cuanto al MJL, el asalto al Sotero del Río, además de la muerte de Antonioletti hiere mortalmente al movimiento, porque una parte culpa directamente a la cúpula de que lo protegieron mal y no existía una red como sí la tenía el Frente.

–En la novela se refleja esa precariedad que mencionas…

–El MJL era un movimiento realmente poblacional. Piensa que el primer gran golpe que dan en los ochenta es un asalto a una tienda Bata en la Gran Avenida y entran con palos y cuchillos para robar zapatillas que se las regalan a la gente de las poblaciones. Todo fue muy rápido y desorganizado.

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La ficción como sanación

“Hay una amnesia sobre el tema, nunca se va a cerrar”. La respuesta del autor es tajante en cuanto a abordar la época de la dictadura chilena y, en el caso de esta novela, la de pos dictadura, aquella en la que la democracia era una suerte de experimento y en la que vimos la agonía de estos grupos.

“En España se sigue hablando de la Guerra Civil, a través de películas y libros muy exitosos y las dictaduras latinoamericanas se siguen visitando en clave novelesca. Aunque lo quieran las cúpulas que gobiernan al país es muy difícil que la dictadura se olvide. Las generaciones venideras se van a encargar de seguir hablando sobre el tema”, subraya.

–La literatura como método de sanación…

–Creo que la mejor forma de enfrentar los miedos a hablar sobre la dictadura es a través de la ficción. Por ejemplo, el trabajo que está haciendo Nona Fernández, con “La dimensión desconocida”; Miguel Lafferte, con “Monte Maravilla”; Lola Larra con “Sprinters”. Es un esfuerzo por documentar hechos a través de la ficción que sirve para la memoria colectiva de nuestro país y combatir esa amnesia impuesta por una élite.

–¿Realmente qué tan importante era Ángela para las Brigadas Revolucionarias?

–Ella era parte de los líderes de las Brigadas Revolucionarias, pero es una persona que por sus nexos con los militares siempre está en la duda. Es un poco como la figura de Marcela Rodríguez.

–¿Te costó mucho construir el personaje?

–Sí, bastante. Para salir del estereotipo construí un personaje absolutamente distinto. De hecho Ángela Schmidt es una persona de la clase alta, más parecida a Cecilia Magni del Frente, que formaba parte de una familia de plata. Sus nexos con una familia militar la hacen muy atractiva.

–En el desarrollo de la historia se habla mucho del concepto de “matar al padre”. ¿Qué hay de eso?

–Estos grupos eran como una especie de monje que entregan literalmente su vida a una causa común y en este intento ellos se desligan de cualquier lazo sentimental con su familia, su esposa y sus hijos. Se trata de entregarse completamente a una causa olvidando que tienes papá y mamá y si tienes que matar a tu propio padre lo vas a tener que hacer.

–La historia arranca en el contexto universitario de la ARCIS. Inevitable no preguntarte tu opinión sobre el estado actual de la universidad.

–Quise que los personajes se conocieran en la ARCIS, porque yo estudié ahí entre 1996 y 1999 y agarré la cola de lo que había sido la universidad. Había grandes profesores en esa época, pero es lamentable lo que ocurrió.

–¿Qué pasó con ese proyecto?

–Desde mi óptica y mi humilde opinión es que nunca encontró su identidad. Es una metáfora de la transición, muy interesante, porque nunca tuvo una identidad; nunca se supo si era una universidad privada o pública.

–¿Pero imagino que existía ese fervor juvenil y revolucionario?

–El año que entré quemaron a un carabinero en la calle Huérfanos. Nunca se supo si eran o no alumnos los que lanzaron la molotov. Ese hecho marcó a muerte a la Arcis y a los alumnos nos dejó marcados como “terroristas”. A nosotros nos costó mucho encontrar trabajo tanto en los medios de izquierda y de derecha.

–¿Estás trabajando actualmente en otro proyecto?

–Estoy trabajando en la historia de dos periodistas que se encuentran. Uno vuelve de Francia y ha conocido a un poeta chileno que se ha hecho famoso en el underground parisino y decide hacer un documental sobre él, pero se descubre que este poeta guarda hechos oscuros ligados a todo el aparato que reaccionó al Gobierno de Allende.

–De nuevo el contexto dictadura y periodistas…

–Quiero agotar este tema de la dictadura, porque se me vienen muchos temas a la cabeza. Esta es una historia de ficción, pero habla más que nada de la imagen que construimos los periodistas alrededor de ciertos personajes que adoramos y cómo éstos se quiebran y finalmente son vapuleados por la opinión pública.



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