Sobre los sabios cansados

Desde la ciudad de Córdova, Argentina, David González nos envía un texto literario que quiere compartir con nuestros lectores.

I
Juan.
Pensaba que dormir era como hundirse. Que el mundo se ablandaba, curvándose hacia adentro sin referencia, mientras más profundo se dormía. Por eso trataba siempre de dormir estirado, sin importar demasiado sobre qué. Valoraba negativamente el acurrucarse, solo, imagen del frío y la soledad. Sin embargo, hacía poco se reprochaba esa imagen y sus consecuencias. Quería pensarse más vivo. Tenía también, naturalmente,  ideas sobre la noche, a la que amaba con pequeñas luces, pequeños soles, nótese, sin pensar en el sol ni una vez.

Había sido un gran idiota, de esos que llegan lejos con su estupidez, pero más importante que esto, había logrado dejar de serlo, por lo menos en algunas de las cosas que realmente importan. Ahora, su ventaja radicaba en que tuvo que aprender tantas cosas que solo un idiota debería aprender, pero que sin embargo nadie puede enseñar, porque en general ningún idiota aprende y porque los más maduros tampoco pueden transmitir, producto de su incomprensión de los idiotas.  

Él era algo así como un sabio. Uno especial. Uno que estaba cansado de tener que ayudarse a sí mismo.

Una tarde, deambulando de verdad, decidió (por decirlo de algún modo) estar solo, y dormir en el parque. Permaneció tieso, acurrucado, sufriendo, y disfrutando de cómo la noche lo envolvía delicadamente.

Él sabía sobre los asuntos del  sueño y la vida, de las historias y mentiras que nos constituyen.

—Dormir, dormir, ¿Quién vive cuando duerme? —pensó dormido.
Volviendo de la facultad pasó por una librería. Ojeó incontables libros, como siempre, pero esa vez un fragmento lo atrapó en muchos sentidos. El fragmento se titulaba “Sobre los sabios cansados” y decía algo así:
“Su sabiduría era como un cuerpo inerte. Sobre ella podían posarse las moscas, y aun así, no moverse.”

II

Una noche, volviendo solo a casa, pasó cerca del parque otra vez. Se detuvo y comenzaron a molestarle los sonidos y las luces de los autos, los celulares, los semáforos. Sintió una atracción hacia un sector “x”, que aunque debía encontrarse en el parque, en realidad no se identificaba con él.

Mientras más se adentraba, los sonidos se escuchaban lejanos, hasta desaparecer. Las luces ya no le molestaban y una somnolencia lo aquejaba. Se sentía tranquilo. Seguía caminando, cada vez más lento.  

—Hacia el fin del mundo— pensó, y las formas terminaban de diluirse, y los sonidos y las luces de apagarse, el mundo detrás ya no estaba.

Anochecía.

—La noche de los tiempos— pensó.  Y terminó lejos, acostándose en ese último recoveco de mundo, rodeado de una inmensa oscuridad aterciopelada.  



Categorías:Tinta y pluma

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