La libertad de expresión en el arte: Dispositivos del poder en las sociedades capitalistas del siglo XXI

Por Sion Moyà*

La libertad de expresión en el mundo del arte es como la ropa interior: cambia con frecuencia. Hay días en que enfundados en unos bóxer conservadores apretados, invertimos el tiempo en censurar cualquier obra que resulte incómoda o controvertida (¿incómoda para quién?). Otros, ataviados con esos calzoncillos anchos progres de hilo que tu abuelo adora, pareciera que el listón de lo permitido sube hasta cuotas insospechadas. La pregunta pertinente sería: ¿existe objetividad al hablar de la libertad de expresión? Evidentemente no.

Afirmar lo contrario conduciría inevitablemente a una intentona artificial, como ya hizo Umberto Eco, de estructurar el mal gusto. ¿Cómo se estructura el mal gusto? No se trata de una molécula o un edificio, estamos hablando de los límites de la hegemonía cultural de cierto momento histórico. Eso no se estructura, se intuye. Cuesta creerlo inmersos como estamos en la era del positivismo rancio; pretendemos cuantificarlo todo, incluso nuestras preferencias. Pero lo siento (realmente no), ciertos reductos de la vida siguen sin poder explicarse a través de algoritmos, y por tanto, siempre serán esclavos de la batalla de subjetividades.

Pero volviendo a la pregunta inicial… si los limites de la libertad de expresión no son objetivos, entonces, ¿qué sentido tiene establecer alguno? Aquí es cuando entra en el partido, con el nueve a la espalda, el poder. La libertad de expresión no se ensancha o reduce según las condiciones atmosféricas, más bien depende de a quién se ofende. Como diría Foucault, el poder en tanto que relación de fuerzas, se sirve de dispositivos muy diversos para ampliar su soberanía. La libertad de expresión es un efecto de verdad derivado de la lógica del poder contemporáneo. Es decir, un producto del poder que nos condiciona a nivel intelectual. Extirpa ciertas reflexiones o conductas potenciales, hegemonizando una visión de mundo útil para el status quo. Así las cosas, el arte contra hegemónico está pillado a contrapié. Por un lado, la libertad de expresión ejerce de falso escudo bajo el cual debería poder salvaguardar su creatividad. Al mismo tiempo, ese escudo lleva adherida una bomba lapa. Al existir la libertad de expresión se presupone que una obra nunca podrá ser condicionada pero, sin embargo, es esa misma libertad de expresión la que infunde límites concretos que determinan qué temas sí y cuáles mejor dejar. Esa bivalencia se encuentra fuertemente relacionada con la capacidad de persuasión que tienen ciertos colectivos dentro de una sociedad concreta. Lo de ARCO es un buen ejemplo y lo de Valtonyc ya es de traca.

El rapero español José Miguel Arenas Beltrán, alias Valtonyc, fue condenado recientemente a tres años y seis meses de prisión por la Audiencia Nacional. La condena ha sido ratificada posteriormente por el Tribunal Supremo. El joven, que define su rap como contestatario, ha sido acusado de injurias a la corona y enaltecimiento del terrorismo por algunas de sus rimas, como por ejemplo: “Burgués, ni tú ni nadie me harán cambiar de opinión, cabrón, seguir el acto de fusilar al Borbón” en una clara alusión al Rey de España de ese entonces, Juan Carlos de Borbón; o “Matando a Carrero ETA estuvo genial, a la mierda la palabra, viva el amonal” refiriéndose al atentado que ETA perpetró contra el almirante franquista Carrero Blanco.

En el mismo espacio temporal, aunque en otro punto del país, en la Feria Internacional de Arte Moderno de Madrid, se censuraba una obra del artista Santiago Serra titulada: “Presos políticos en la España contemporánea”. Dicha obra consistía en una exposición de fotografías de algunos presos políticos encerrados en cárceles españolas, entre ellos, Oriol Junqueres (líder independentista catalán). La coincidencia de estos dos sucesos en la misma semana ha reabierto el debate en España acerca de los límites de la libertad de expresión.

El debate aquí no es si nos gustan o no esa rimas; tampoco si bajo nuestro flexo los fotografiados son realmente presos políticos. Es decir, si entra en el terreno de lo agradable. Lo que se pone aquí en cuestión, la esencia del problema, es si dichas obras estéticas rebasan sobradamente los límites de lo permitido o si tiene sentido hablar de lo permitido en el arte. Además, no deja de llamar la atención que ambos artistas tienen posturas ideológicas dentro del espectro de la izquierda. Qué curioso. Más aún cuando en este país hemos escuchado a locutores radiofónicos de ultraderecha, como Jiménez los Santos, abriendo su programa con el grito de: “Veo a Errejón (miembro de la formación de izquierdas Podemos) y si llevo la escopeta disparo”.

Al día de hoy seguimos descubriendo nuevas formas de ejercer poder camufladas bajo banderas de libertad. Este 2018 se aventura largo. Habrá que ir pensando en quemar la ropa interior y apreciar el roce gozoso del pantalón vaquero acariciando nuestras partes íntimas.

 

*Sion Moyà es profesor de Filosofía y vive en Mallorca, España. Actualmente estudia la identidad y su construcción multifactorial en la nueva sociedad digital en red. Colabora asiduamente con asociaciones locales de memoria histórica.



Categorías:Espacio Abierto

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