Dios está vivo y tiene Instagram

Por Sion Moyà*

Los caminos del señor son inescrutables, también sus formas. Dios no fue nunca un señor de barba blanca, un triángulo de mirada sibilina o un libro vetusto como la Biblia, la Torá o el Corán. No duerme en Panteones, iglesias o sinagogas. No habla hebreo ni mucho menos ejecuta la postura del loto al alba. En resumidas cuentas, la entidad divina no es más que una proyección humana que busca aportar cierta coherencia y sentido a una existencia que, siento el spoiler, no la tiene. Por tanto, la idea de Dios no desaparecerá al compás de la caída de las religiones monoteístas actuales, pues el punto esencial es que la gente necesita creer; en lo que sea, pero creer. Más aún hoy, cuando nos encontramos incrustados en –como diría José Luís Pardo***– sociedades del malestar. Es decir, comunidades humanas en las que potencialmente puedes serlo todo, pero materialmente resulta imposible. Por tanto, quien más quien menos, termina haciendo de la frustración su compañero de viaje.

Se sabe que Nietzsche, filósofo alemán, anunció la muerte de Dios hace más de siglo y medio. Realmente no le faltaba razón, en cierto modo. La facultad de discernir el bien del mal, potestad exclusiva del cristianismo en occidente, empezaba a desmoronarse. Pero ahí no acababa la partida. De hecho, en los últimos decenios hemos presenciando el auge del fundamentalismo religioso. Más radical y violento, paradojas de la historia. Sin embargo, al mismo tiempo, ha aparecido un nuevo Dios. ¿Quién (o qué) es? El ego.

No hablo del concepto en abstracto, sino que de ese autorretrato ideal que todos tenemos. El perfil bueno, el fotogénico. Esa construcción (discursiva, como todas) que nos sirve para diferenciarnos del otro y cuyo reverso tenebroso es la necesidad de autocomplacencia. El ego, a diferencia de anteriores dioses, necesita reconocimiento social y no plegarias. Un like por aquí y un comentario por allá. Un golpecito en la espalda del jefe o un “te veo genial” de la chica o chico que te gusta. Necesita sentirse único para realizarse, individualizarse, aislarse, competir. El problema de este nuevo Dios es su insaciabilidad. La envidia actúa de gasolina para el ego, le permite ampliar sus objetivos y seguir vivo. En definitiva, es el Dios perfecto para sociedades hiper-competitivas como las que nos ofrece el neoliberalismo. Como anillo al dedo.

Así las cosas, vivimos una encrucijada salvaje entre un ego desatado, publicitado además como positivo, y la sencillez de nuestras capacidades. Queremos ser los mejores y serlo ya. Pero, al no ser eso posible nos conformamos con la apariencia de cumplirlo. En ese sentido, las redes sociales ejercen un papel crucial. Nuestros perfiles de Facebook, Twitter o Instagram son las iglesias a las que acudimos religiosamente a rendir pleitesía. La colección de nuestros mejores tweets o las fotos semi-profesionales de nuestro último viaje serían las sagradas escrituras a las que recurrimos presurosos en días de crisis existencial. Días grises en los que necesitamos reafirmar la fe reconfortando nuestro ego con el salmo de: “mi vida no está tan mal”. Todo un desastre. Nos hemos encerrado a propósito en la caverna de Platón y parece que allí nos sentimos a gusto. En esa interrelación de reflejos, falsas apariencias y juegos de verdad edificamos nuestra identidad; lo más preocupante es lo libre que nos sentimos al hacerlo. Nos han vendido el virus y lo hemos comprado creyendo a pies juntillas que era el antídoto. En consecuencia, cuando giramos la mirada en derredor y comprobamos que la mayor parte es humo, que no existe un correlato empírico de esa vida de rock & roll que fingimos disfrutar, la caída es funesta. Así nos va. El uso de psicofármacos para tratar la depresión ha experimentado un preocupante aumento desde 2005. No lo digo yo, lo dice la Organización Mundial de la Salud (OMS). La depresión se ha convertido en la nueva epidemia del siglo XXI, la onceava plaga infligida por nuestro nuevo Dios. Tendremos que consultar a los egipcios como sortearon las diez anteriores.

Consecuentemente estamos obligados a querernos más que nunca, pero nunca por sobre de nadie. Por el momento, dada la sencillez de mis capacidades, subiré otra selfie a Instagram.

 

*Sion Moyà es profesor de Filosofía y vive en Mallorca, España. Colabora asiduamente con asociaciones locales de memoria histórica”

*** José Luís Pardo es un ensayista y filósofo español.



Categorías:Espacio Abierto

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