Pequeños feminismos

Por Alanis*

No sabía cómo empezar a hablar sobre un tema tan delicado como éste. Hoy es tema casi obligatorio en todos los lugares e instancias de conversación y está tan instalado, que cada uno anda por ahí preguntándose qué es el feminismo.

Y me pasó algo –como siempre– en la calle. Pero esta vez fue frente a mi casa.

No tenía libros para salir a vender y toda mi energía se centró en el trabajo duro de preparar la casa y los patios para el invierno, ese trabajo que generalmente se hace en comunidad, con la familia. Mi familia colaboradora era mi hijo de 13 años, porque a la mayor, que siempre ayuda, le tocaba trabajar. Entonces, nos pusimos en campaña y podamos la mitad del árbol frente a nuestra casa.

Es duro el trabajo de la tierra. Podar un árbol no es tarea fácil. Además, a mí no me enseñaron nada sobre esto, porque mi madre era sola (separada con tres hijos) y vivía en un departamento. Además, era secretaria ejecutiva y jamás me la imaginé plantando algo, aunque fuera una planta pequeña, porque ella no fue “formada” para eso, tenía una formación de gente acomodada y seguro de eso se encargaban la nana o el jardinero.

Nosotros tuvimos esa misma crianza, hasta cierta edad, donde las cosas empezaron a cambiar y nosotros, en la adolescencia y juventud, tuvimos que reemplazar a la nana, con bastante dificultad, porque ya éramos más grandes.

Tengo pocos recuerdos de plantas en casa, pero mi madre podría haber tenido una “mala madre” o una planta como ésas, de fácil cuidado.

Entonces, ¿cómo iba yo a saber cortar un árbol? ¿Cómo le podía enseñar a mi hijo cómo se hace eso de aserruchar? ¡Cómo iba yo a saber que el serrucho que yo tenía, servía para otros tipos de corte de madera? ¿Cómo sabría yo si era o no legal podar un árbol, dónde dejar las ramas, o por qué parte hacer el corte?

Nos demoramos mucho en cortar el árbol. Ambos inventábamos cómo hacerlo, de manera creativa, pero no muy efectiva. El saber que se transmite durante generaciones, a veces en insustituible.

Eso sucedió un día sábado. Al día siguiente, yo no quería seguir podando. Había hecho eso sola, con el parrón el día jueves, el viernes había desmalezado –sola también– y el sábado, con ayuda de mi hijo, podé la mitad del árbol.

Pero el entusiasmo de mi hijo era notorio y se veía venir un cambio de clima, por lo que era necesario hacerlo lo antes posible. Nos pusimos en campaña nuevamente. Estábamos en eso, cuando apareció un vecino.

El joven, esbelto y preparado con una ropa de deporte, se ofreció a ayudarnos. Era trabajador de la construcción, pero además, su abuelo era del sur y lo mandaba a cortar leña a la edad de mi hijo.

Está de más decir lo rápido y eficiente que fue. Incluso, trajo una carretilla y en menos de dos horas, no solo había un árbol podado impecable frente a mi casa y una calle limpia y despejada, como si nada hubiera sucedido. El joven descubrió que el otro árbol que teníamos en frente, estaba muerto. Lo empujó y el árbol salió de raíz, sin mayor esfuerzo.

A mi hijo le dijo que aprendiera a hacer de todo, para que no le tenga que ver la cara a nadie, y porque si se encontraba una mujer floja, pero la amaba, tendría que hacer las cosas igual.

Mi hijo hizo al menos ocho viajes al parque, cargando madera y el joven le recalcaba cada cierto rato: Columna derecha y fuerza en los brazos. Maneja tranquilo hombre. ¡Con seguridad!

Yo sentí que le debía un gran favor y le dije que de qué manera podía retribuirle su ayuda. Él me contestó:

–No se preocupe. Yo soy observador y me he dado cuenta que usted lleva una lucha de años, y siempre está sola, muy sola, y sus hijos crecen bien y felices. Eso es admirable y yo no tengo problema en ayudarla cuando lo necesite. Los vecinos de aquí nos hemos dado cuenta de eso y creo que todos harían lo mismo, si pudieran. Y no se preocupe, porque esto es entretenido para mí y lo hago con mucho gusto.

El joven cuidaba a su hija de 5 años, mientras su mujer trabajaba, y la niña no quería ir a bañarse. Se fue exhausto a bañar a su hija. Una hija. Sí. Él tiene una y seguramente sabe que crecerá en un país que no sabe educar a todos por igual, para enfrentar con seguridad todos los desafíos que la vida nos pone por delante.

Ambos vivimos claramente, pequeños feminismos que nos mueven a cambiar este país, desde lo más pequeño hasta grandes temas que se tratan a nivel gobierno, pero que son tan importantes como estos pequeños.

El feminismo está en todas partes y despertando. Romper paradigmas es tarea de todos. Por el momento, me quedo con la tranquilidad de que generaciones jóvenes, están en una profunda reflexión frente a estos temas y movilizan fuerzas de pequeños feminismos que se transformarán en los grandes feminismos que este país necesita con urgencia.

*Alanis es escritora, autora del libro “Cuentos de Alanis”.

 



Categorías:Columnas

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