La felicidad y sus contornos

Por Sion Moya*

Decía Arthur Shopenhauer que “la vida humana, como toda mercancía mala, está revestida por su lado exterior de un falso brillo”. Todo el mundo hace ostensible el triunfo y oculta el sufrimiento, murmuraba seguidamente el autor decimonónico. De ahí el estilo tristemente cómico de la existencia humana, entre la tragedia y el sainete. Pero qué va a decir él, tampoco cabía esperar halagüeñas consideraciones del filósofo pesimista por excelencia. Aún así me sirve, se lo compro Arthur. El ser humano y sus brillos, el maquillaje existencial, todo eso se ve al salir de casa y mucho más si te abstienes de hacerlo. La redes sociales nunca huelgan en recordártelo. Pero ¿cuál es el elemento central que sostiene el engranaje de tal mecanismo? Una definición sesgada del concepto felicidad.

Aristóteles definió la felicidad como entelequia, el fin último del ser humano. Sobra poesía pero entendámoslo como se debe. La felicidad, en tanto fin, no puede subordinarse, convertirse en simple medio para alcanzar otras cosas. Como sucede con el falso brillo arriba mencionado, pues no simboliza más que un instrumento para alcanzar el aplauso social. No se es feliz para algo, es absurdo. Se es feliz por el simple hecho de serlo. Parece simple, no obstante, aquello evidente sobre el gramaje del papel muchas veces pierde fuelle al ser contrastado con la realidad. De hecho, la felicidad funciona, en la mayoría de ocasiones, como una utopía. Es decir, un horizonte de expectativas que marca tu línea de acción pero que: o no puede ser alcanzado; o, peor aún, al hacerlo resulta no ser percibido tal y como lo imaginábamos.

El ecléctico filósofo esloveno, Slavov Zizèk, sostiene que realmente no queremos lo que pensamos que deseamos. Eso es terrible, pero bastante acertado. Porque ahí está el meollo del asunto, la felicidad no es una cuestión de hechos sino de percepciones subjetivas acerca de esos hechos. Según la postura de Zizèk, comparar nuestra vida con la de otro es totalmente estéril, ya que no es posible averiguar como transcribe el otro sujeto aquello que le pasa. La felicidad sería entonces como el DNI, personal e intransferible. Pero incluso teniendo eso claro, nos diría el esloveno, pretender alcanzar la felicidad como si se tratara de un espacio al que entramos para quedarnos, una especie de paraíso estático que, una vez alcanzado, permanecerá para siempre idéntico, implica en sí mismo un suicidio. La felicidad es más bien un camino, eso es cierto, pero sin un ingeniero detrás planificando las bifurcaciones. Sabiendo eso, quién se ve a salvo de la frustración y el conformismo. Hay que echarle ganas.

¿Mi propuesta? Recuperar la concepción aristotélica de felicidad como fin e incorporar el realismo áspero de Zizek. Por así decirlo, habría que entender la fugacidad de la felicidad como algo positivo que nos permite seguir avanzando, articulando nuevas propuestas vitales que ampliarían el campo semántico de lo que para nosotros significa ser feliz (lo cuál se vuelve más complejo con el paso de los años). Sin miedo al cambio. Al mismo tiempo, reconocer su futilidad e inutilidad, su importancia relativa, evitando así convertir la búsqueda de la felicidad en una condena. Pero sobretodo, debemos dejar de prostituirla como moneda de cambio en la nueva (y exhibicionista) sociedad de la apariencia. De lo contrario, seguiremos sorprendiéndonos a nosotros mismos, un jueves de madrugada en calzoncillos, husmeando vidas ajenas.

*Sion Moyà es profesor de Filosofía y vive en Mallorca, España. Actualmente estudia la identidad y su construcción multifactorial en la nueva sociedad digital en red. Colabora asiduamente con asociaciones locales de memoria histórica.



Categorías:Columnas

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