Marcelo Montecino, fotógrafo: “Veo las cosas que quizás el chileno común no ve”

  • Retratista de Santiago por más de cinco décadas, el fotógrafo de 75 años hace un repaso a los inicios de su carrera, marcada a fuego por una tragedia familiar.

Por Juan Pablo Sáez

El rostro de Marcelo Montecino Slaughter (Santiago, 1943) parece no haber cambiado demasiado desde su primer regreso a Chile, el año 62, proveniente de Washington. De mirada triste, rostro serio, una foto carnet de la época deja traslucir el carácter taciturno del artista que con el tiempo llegaría a ser considerado uno de los cuatro fotógrafos más importantes del país junto con Sergio Larraín, Luis Poirot y Paz Errázuriz.

“A los once años me mudé a Estados Unidos, cuando mis padres se separaron”, cuenta Montecino sentado en una silla de playa en el patio de su casa, a cuadras del antiguo parque intercomunal de La Reina. “Allá compré una cámara. Me acuerdo perfectamente: era una Brownie cuadrada, de plástico, café. Y al poco tiempo compré un equipo que hacía la Kodak para revelar; venía todo junto en una cajita, unas palanganas chiquititas, los ácidos, una cuestión para hacer las copias de contacto. A los once años ya estaba revelando, haciendo leseras”.

Hijo de un músico osornino emparentado con la élite política de la época y de una periodista del diario La Nación, Marcelo Montecino nació en el seno de una familia acomodada de Santiago. Cuando la madre del fotógrafo decidió partir a Estados Unidos, él y su hermano menor, Christian, emigraron junto a ella. Corría el año 1954. Sus primeros revelados los hizo allá. “Hacía todo eso en la cocina del departamento donde vivía. Yo era un niño completamente normal. Tenía mis amigos y salía a jugar, pero me agarró esta cuestión. Yo fotografiaba a mi hermano, a mi madre. Repartía diarios cuando niño y con eso pagaba el equipo. Era caro. Incluso en el mismo departamento me armé un equipo para revelar color”.

Con quince años, siempre en Norteamérica, se convirtió en el reportero gráfico del periódico del colegio donde pudo revelar por primera vez en un laboratorio profesional. El 62, para el Mundial, decidió volver temporalmente a Santiago para estudiar literatura. Tenía diecinueve años. “Traje todo mi equipo. En ese entonces tenía equipos bastante buenos, una ampliadora Bessel muy buena. Vivíamos en una casona, ahí en Bustamante con Providencia. Había muchas habitaciones libres donde se podía instalar un laboratorio. Yo era nuevo en Chile, no sabía mucho del país. Se dio el caso de que yo iba a estudiar aquí pero me exigieron que renovara todos mis estudios y eso implicaba dos o tres años de trabajo y estudios”. Dejó en stand-by la idea de la universidad a cambio de vagar por las calles de la capital.

“Siempre me encaminaba hacia Franklin, no sé por qué. La calle Lira, las estaciones. Mi objetivo era hacer un libro que se iba a llamar La Calle y en ese entonces, el 62, es el primer gran momento para mí en la fotografía porque empecé a sentir una solidaridad con mi tema, que era Santiago, la pobreza de Santiago que me había impactado mucho. Yo venía de una ciudad rica, que es Washington, una ciudad llena de monumentos, verde, y llego a Santiago, todo gris, lluvioso, y me impacta mucho”. Las instantáneas callejeras de esa época más aquellas captadas en la agonía de la UP, la mayoría en blanco y negro, están contenidas en un libro extraordinario titulado Irredimible, Diario/1973 (Editorial Ocho Libros, 2011).

“La única ventaja que yo tengo sobre los fotógrafos chilenos es que, como he ido y vuelto tantas veces, siempre que vuelvo veo las cosas que quizás el chileno no ve”, señala Montecino refiriéndose a esas fotos que registran sus caminatas sin rumbo fijo. “Por ejemplo, hay varias calles a las que siempre vuelvo y siempre me sorprendo, yo creo que el chileno pasa por ahí no más. La calle Puente, por ejemplo, Irarrázaval, igual que Franklin. Hace como dos semanas anduve por Puente. Hay cambios superficiales pero en esas calles todavía queda la esencia, ciertamente en Franklin, que sigue casi igual”.

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Los seis de la Torre 12

A fines del 62 Montecino decide volver a Washington y hacer sus estudios de literatura allá. “Durante mi periodo universitario no hice tanta fotografía, excepto de mis pololas”, dice riendo con timidez. Y agrega: “Iba a las marchas anti-Vietnam, hacía ese tipo de cosas”. En 1973 regresa por segunda vez a Santiago. Ese viaje marcaría su vida a fuego no sólo porque de ahí en adelante no pararía de tomar fotos sino porque, además, sufriría una pérdida irreparable. “Yo llegué en febrero. Venía con el plan de escribir mi tesis para la maestría que hacía en Estados Unidos. Llego el 73 a escribir la tesis y no traje ningún rollo de color. Dije: voy a aprender a hacer bien la fotografía en blanco y negro. Yo vivía en un departamento vacío que era de mi madre y tenía toda la cocina, muy precario todo. Pero había tanta ebullición en las calles que cómo no iba a salir a mirarlas”.

El libro Irredimible contiene parte de las imágenes registradas por Montecino ese año, como aquellas que retratan la última marcha en apoyo de la UP, el 4 de septiembre. En una de ellas se ve a Víctor Jara portando una pancarta junto con otros manifestantes. Tras el lente Montecino intuía que esa sería la última manifestación allendista. “Hay que acordarse de que en ese entonces todos esperábamos el golpe, pero los más optimistas decían que iba a ser un golpe tipo Nasser, un golpe blando; que iban a poner fuera de la ley al MIR y a Patria y Libertad y cerrar el Congreso seis meses, un año y después llamar a elecciones otra vez. Había otros que decían que esto iba a ser en serio”.

— ¿Usted se propuso salir ese día 4, se preparó?

Sí, claro. Salí solo. La gente me pedía que les sacara fotos, si nadie andaba con cámara en esos días. Que tú apuntaras a alguien con una cámara, a un grupo de personas, les traía una inmensa felicidad.

El martes 11 tampoco fue la excepción. Montecino se lanza temprano a las vacías calles capitalinas con su Pentax bajo el abrigo. Los Hawker Hunter sobrevolaban la ciudad y los tanques dominaban las esquinas. “Ese día yo siento una necesidad absoluta de salir a la calle a ver lo que estaba pasando, consciente de que no había periodistas extranjeros haciendo esto. Porque por diez días no llegó la prensa extranjera. Así que desde ese mismo día del golpe yo sentí la necesidad de cubrirlo así como freelance”. El jueves siguiente camina hasta La Moneda donde varios transeúntes observan estupefactos el palacio de gobierno todavía humeante. En ese lugar Montecino capta la que debe ser una de las imágenes más icónicas de la naciente dictadura: dos jóvenes abrazados, un hombre y una mujer, en primer plano y La Moneda de fondo, semidestruída.

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Una pareja a las afueras de La Moneda bombardeada. Jueves 13 de septiembre del 73

 

— ¿Usted tenía presente que esa pareja estaba ahí o fue al revelar que se dio cuenta de la presencia de ambos?

—No, la vi, claramente vi esa pareja. Ese momento también fue súper importante porque se me acerca un gallo de corbata, terno, todo, y dice en voz alta, casi gritando: ¡Saque fotos para que vean lo que han hecho estos salvajes!.

—El tipo no tuvo miedo de decirlo, con los militares ahí mismo.

—El miedo empezó como a la semana después. Al principio nosotros tratábamos a los milicos como seres humanos. Después uno no podía ni acercarse. De hecho recibí varios culatazos.

Irredimible abre con una foto del padre del fotógrafo, el músico Marcelo Montecino Montalva. El hombre está sentado en un sillón, pensativo, más bien cabizbajo, en medio de un living dominado por la penumbra. Al pie de la foto se lee: “Mi padre. Un golpe que deseaba y que salió horriblemente mal”.

— ¿Por qué decidió empezar el libro con esa foto y esa frase?

—Mi padre era un ferviente militante del Partido Nacional, obsesionado con el comunismo, el socialismo. Llega el golpe y él estaba feliz. Me acuerdo de conversaciones después del golpe con él. Y dice que el golpe, al igual que el general Leigh, terminó con la enfermedad, que era la medicina que necesitaba Chile. Yo le pregunté si no creía que quizás la medicina era peor que la enfermedad. Y bueno dos meses después le matan a su hijo menor.

Christian Montecino Slaughter, hermano menor de Marcelo, también fotógrafo, tenía 27 años cuando decidió venirse de Estados Unidos en junio del 73. Vivía en una de las torres de San Borja, en el centro de Santiago, justo atrás del Hotel Crown Plaza (que por esos días era un hospital). Al igual que Marcelo, sintió la compulsión por registrar la historia. “Mi hermano no estaba tan comprometido [con la causa de la UP]. El mismo 11, como él vivía en las torres de San Borja, salió altiro a fotografiar el tiroteo que estaba muy fuerte por ahí cerca de Lastarria. Nosotros no cubríamos cosas juntos, excepto en el Estadio Nacional. Nos encontramos, fíjate, en la cancha del estadio, pero hablábamos por teléfono preguntando: oye que vai a hacer hoy día y él me dateaba y yo lo dateaba”, cuenta Marcelo sumiéndose luego en el silencio.

El 16 de octubre del 73 una patrulla de militares irrumpió en la torre 12 llevándose detenidas a seis personas, entre ellas, una joven embarazada de nacionalidad argentina y al mismísimo Christian Montecino. Una vecina del edificio, ligada a los organismos de inteligencia del Ejército, acusó a Montecino y los otros cinco moradores de la torre de ser militantes de extrema izquierda. Sus cuerpos sin vida fueron hallados al día siguiente en la carretera Santiago/Valparaíso, en el sector del Túnel Lo Prado. Pocas semanas antes, Marcelo había estado en las inmediaciones de la avenida La Paz, en Recoleta, para cubrir el funeral de Neruda. En el trayecto de la caravana que acompañaba al féretro tomó varias fotos, desde lejos, de la gente que se agolpaba frente a la morgue ubicada muy cerca del cementerio general.

“Yo tenía amigos que trabajaban al frente, en la clínica psiquiátrica. Entonces yo presentí que ese día iban a haber escenas muy desgarradoras frente a la morgue. Nunca pensé que me iba a tocar ir a buscar el cuerpo de mi hermano”.

Marcelo limpia los cristales de sus gafas con el borde de la camisa y vuelve a ponérselas con parsimonia. Su padre sería el primero en reconocer el cadáver de Christian en la morgue. “Después trató de redimirse un poco, siendo muy valiente, yendo a meterse al Ministerio de Defensa, a usar todos sus contactos en el Partido Nacional para que se hiciera algún tipo de justicia”, relata. Cruza sus manos a la altura del vientre, acomodándose en el asiento playero. “En un momento de absoluta angustia viene y me dice: ‘Deberías haber sido tú, porque tú hubieras sabido cómo defenderte mejor que tu hermano’. Lo que quería decir es que yo simpatizaba con la UP. Iba a todas las marchas, hablaba del movimiento, aunque nunca fui militante”.

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El padre de Marcelo Montecino.

La tragedia precipitó su partida del país. “Yo me fui en noviembre del 73 y en ese entonces mi padre sabía el nombre del sargento que había guiado esa patrulla militar”.

— ¿Con el tiempo cómo ve usted ese hecho? He leído que la muerte de su hermano hizo que usted no parara nunca más de hacer fotografías.

—Después de irme de Chile me dediqué a hacer Centroamérica. Tuve problemas con la embajada, no me querían renovar el pasaporte, así que me nacionalicé norteamericano el 75. Y ahí empecé a recorrer Centroamérica. Y me metí mucho en eso, me encantó Guatemala, Nicaragua.

De esa época datan las fotos blanco y negro y en color que sacó en las cárceles de Managua así como las imágenes de la gente celebrando la caída de Somoza el 79, de los indígenas desplazados del Triángulo Ixil, en Guatemala, o de Fidel Castro en La Habana. Para los fotorreporteros cubrir Centroamérica en esos días era tan peligroso como hacerlo en Santiago. “Había uno que lo mataron y que fue mi jefe”, cuenta Montecino. “Este gallo iba a un tiroteo y lo cubría de ambos lados. Había otro, un francés, que también lo mataron. Nosotros los llamábamos los cowboys”.

—Por su valentía…

—No, más bien por un cierto machismo que había en sacar la foto más atrevida.

— ¿Qué opinaba su papá de su decisión de viajar por Centroamérica?

—Yo no tenía mucho contacto con él.

—Quizás un padre habría esperado que el hijo se saliera de todo eso, que no continuara exponiendo su vida.

“No”, responde Montecino escuetamente, como haciéndole el quite a la pregunta. Tras un silencio incómodo agrega: “Él estaba semiorgulloso de mí. Me acuerdo que, después que murió en su departamento, encontré unos recortes de diario sobre mí”.

— ¿Tras la muerte de su hermano, usted se distanció de su padre?

—Es que después yo me fui a Estados Unidos. Hablar por teléfono era carísimo y no nos escribíamos mucho.

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Christian Montecino, hermano del fotógrafo

Una muerte piadosa

“¿Quieres que lo saque de aquí?”, pregunta Marcelo refiriéndose a su mascota, un perro enorme que interrumpe súbitamente la conversación con algunos ladridos. Se pone de pie, diciéndole algo al animal que rápidamente ingresa al living de la casa. Marcelo cierra la mampara y vuelve a sentarse. Sobre la mesa transparente descansan tres de los diez libros de fotos que ha publicado: Irredimible, de 2011; Marcelo Montecino 50 años, un libro recopilatorio de su obra, de 2014; y Walking Around, de 2015, con fotos que sacó en las calles de Santiago durante los años 80. Coge este último y empieza a hojearlo.

— ¿Por qué volvió a un país que aloja la parte más trágica de su vida?

Se queda en silencio por largos segundos mientras observa una foto en blanco y negro de su hijo Juan, de niño. En la imagen aparece sentado solitariamente en el asiento de una micro. Dice: “Mi respuesta es algo banal, pero… cunde más nuestra jubilación aquí en Chile. Además éramos dueños de esta casa hace mucho tiempo, así que…”.

Desde su partida en 1973 Montecino estuvo yendo y viniendo hasta que en 2015 decidió instalarse definitivamente en La Reina. Sus dos hijos se quedaron en Estados Unidos. En 2017 el Consejo de la Cultura y las Artes le concedió el Premio a la Trayectoria Antonio Quintana, el que un año antes había ganado Luis Poirot. En diciembre último montó una exposición en el Centro Cultural La Moneda bajo el título La máquina de coser y el paraguas, que recopila imágenes captadas entre 1968 y 2018 en sus caminatas por el barrio Franklin.

—En Estados Unidos usted tuvo un acercamiento bastante profundo con Rodrigo Rojas de Negri, el joven fotógrafo que fue asesinado el 86 en Chile, durante una protesta. Él iba frecuentemente a su casa. ¿Era una relación de amistad o usted le enseñaba fotografía?

—Fue un acercamiento que se dio a través de la fotografía. Él ya hacía fotografía cuando lo conocí. Debía tener quince años. Y yo le prestaba el laboratorio y él me hacía muchas gauchadas. Por ejemplo, yo en ese entonces estaba trabajando color, revelando color en el laboratorio, en un proceso muy tedioso. Hay que mantener los líquidos a una temperatura más o menos medio grado Fahrenheit, así que cada copia se demoraba una hora más o menos. Y él aprendió a hacerlo y después yo le pagaba un poco para que me copiara en laboratorio. Hablábamos mucho de fotografía y de política.

Rojas vivía con su madre en Washington donde estaba en contacto permanente con los exiliados chilenos. Al cumplir los dieciocho decidió venir a conocer Santiago. Rojas sintió la misma pulsión que los hermanos Montecino habían experimentado a principios de los 70: retratar las dos caras de la calle, sus silencios y su efervescencia social.

— ¿Él le contó en algún minuto que se venía a Chile?

—Claro. Incluso con él le mandamos un par de cámaras usadas a un grupo comunitario que existía, no me acuerdo ahora cómo se llamaba. Yo le dije que no viniera a Chile, de paso. Yo le dije: vas a encontrar fotos más entretenidas en Nicaragua y además creo que es más tranquilo.

—Tenía razón usted.

Marcelo asiente con la cabeza sin decir nada. Con la mano ordena su abundante cabellera blanca. Se queda mirando los tres libros de fotos que están sobre la mesa. “Rodrigo fue como un hijo putativo un tiempo, mucho tiempo. Deben haber sido siete años que lo conocí. Pero literalmente venía todos los días a mi casa. A veces si yo tenía que salir él se quedaba cuidando a mi hijo. Y era tan capo en tantas cosas, era capo en computación también, en un tiempo que eso era algo primitivo todavía. A una amiga que tenía una tienda de libros le hizo un programa de inventario de libros”.

— ¿Lo que a él le ocurrió usted lo supo por la prensa?

—Lo supe por otras personas. Yo no estaba en Washington cuando sucedió. Me llamaron por teléfono. Estaba vivo todavía. Pero no pude venir al funeral, lo que para mí es una culpa muy grande.

— ¿Le recordó a su hermano, lo que pasó?

—Claro. Pero en comparación con Rodrigo mi hermano tuvo una muerte piadosa.

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