Nicolás Sepúlveda: “Lo primero que hice fue reescribir letras de canciones que me gustaban”.

  • El autor del libro de cuentos Visión del Tigre nos habla del largo camino que tuvo que seguir antes de publicar su celebrada ópera prima.

Por Juan Pablo Sáez

El periodista Nicolás Sepúlveda (Santiago, 1982) se estrenó como escritor en septiembre del año pasado al publicar su primer libro, Visión del Tigre (Editorial Libros de Mentira), el que ha sido alabado por críticos de la talla de Patricia Espinosa y José Promis. Su ópera prima contiene diez cuentos escritos a lo largo de una década. Nacido en Santiago, pero criado en Concepción en medio de una familia de clase media, cuenta que su timidez lo llevó a refugiarse desde chico en los libros.

“Mi padre se dio cuenta de esto y empezó a comprarme libros usados en Concepción, en la calle Maipú donde estaban las librerías de viejo”, señala. “Empezó a llegar con libros de Julio Verne, Sandokán, por ejemplo, todo ese tipo de cosas. Recuerdo que una vez llegó con el libro Un capitán de quince años y había una fiesta familiar y desde que soy chico les tengo tirria a esas reuniones. Así que me encerré a leer y me lo leí en un solo día. El haber sentido esa pasión me indicó, en mi escueta consciencia de ese entonces, que había algo para mí ahí”.

— ¿Cuándo empiezas a escribir más en serio?

— “Lo primero que hice fue reescribir letras de canciones que me gustaban, a veces tratar de deformarlas y luego tratar de escribir canciones de bandas muy malas que tuve en el colegio. Tuve muy poco éxito, mala letra, pero por ahí por tercero medio me pega el amor como un rayo que no solamente me pega en la cabeza y me la abre sino que me ilumina todo y me doy cuenta de que el mundo no es como me lo habían contado hasta ese entonces. Empecé a sufrir por amor y ahí fue la primera vez que agarré un lápiz y empecé a escribir. Lo que traté de hacer fue escribir esa historia de manera muy rudimentaria. Escribí como 25 páginas que todavía tengo guardadas, tengo ese Diógenes literario. Una vez releí esas páginas y, claro, no tienen un valor literario. El valor que tienen es el impulso de escribir más de veinte páginas de historias, sin ningún recurso, y la intención y el recuerdo de lo bien que te hacía sentir eso”.

Tras salir del colegio entra a la Universidad de Concepción a estudiar Derecho. Allí se inscribe en su primer taller literario. “Había carteles pegados con un taller que se llamaba Taller Mano de Obra que lo hacían los sindicatos de Concepción y que estaba integrado por trabajadores, obreros, funcionarios de empresas y que ese año se abría igualmente a universitarios”. En ese periodo Sepúlveda leía más poesía que prosa: Lihn, Bertoni, Parra. Se propuso escribir poesía. “Y mostraba mis poemas y la gente me decía: sí, esto se podría mejorar, esto es un poco cliché. Después de cuatro semanas no daba pie con bola con la poesía. Hasta que un día se me ocurre escribir una narración de ficción, la primera que escribo, muy simple, una página y media. La gente del taller me dice: eso es lo que tienes que hacer, deja de escribir poesía y dedícate a la narrativa. Ahí empecé conscientemente a practicar la narrativa”.

Dos años después decide cambiarse a Periodismo. En 2010 le toca cubrir el terremoto en Concepción como corresponsal de El Mercurio. “Yo me acuerdo que estaba reporteando, veníamos en auto por una avenida, voy manejando junto con un fotógrafo, y doy vuelta en contra del tránsito. Freno en seco, porque hacia mi venía un tanque, tropas que venían del norte (lo notamos por su ropa café). Nos bajamos del auto y miramos cómo entraban los militares a tomarse la ciudad. Los más viejos decían: nunca pensé que iba a ver esto de nuevo”.

—Después te vienes finalmente a Santiago.

— “Sí. Yo había postulado a un taller que Jaime Collyer hacía en ese tiempo en la UDP; unos talleres casi gratuitos, muy baratos, treinta mil pesos por todo un semestre. Quedé seleccionado y eso marca mi llegada a Santiago. Llego directo desde Concepción al taller de Collyer. Para mí es un muy buen tallerista. Sus herramientas pedagógicas son muy buenas; tiene su carácter, sus mañas, pero es capaz de decirte lo que está bien y lo que está mal”.

Es en ese taller que escribe el primero de los diez cuentos que terminarían formando parte de Visión del Tigre. Se trata de un relato llamado Veneno que cuenta el conflicto solapado de una pareja en medio del dolor por la extraña muerte de su mascota. “Ese cuento lo leí y se produjo ese silencio que es como: ¡oh qué bueno, oh qué malo, qué voy a decir! Las críticas fueron buenas y después Collyer me dice: este cuento tiene otro nivel, tiene todos los elementos que debe tener un buen cuento. Ese tipo de apoyo me sirvió mucho”.

Pese a los buenos comentarios, Sepúlveda deja de escribir con la fruición acostumbrada. Se mete a trabajar a Groupon donde se encarga de redactar frases promocionales para distintos productos. Le va bien. Allí conoce a varios colegas que luego se los encontraría en el taller de Pablo Simonetti, en la Finis Terrae, y que terminarían transformándose en escritores emergentes de renombre. “Esa experiencia para mí no fue buena. No estaba escribiendo y estaba yendo a este taller. Había un buen nivel; había gente que después iba a publicar: María Paz Rodríguez, Francisco Ovando, Matías Correa, José Luis Flores, esas eran las personas con las que yo estaba; ellos estaban trabajando sus novelas. Yo me acuerdo que en ese taller Matías Correa estaba escribiendo Autoayuda, por ejemplo, y yo no daba pie con bola. Yo llegaba con fragmentos de cosas y la crítica era acertadamente lapidaria”.

El bloqueo lo llama a tomar una decisión drástica: dejar de escribir para siempre y dedicarse cien por ciento a su trabajo en Groupon. Corría el año 2012. “No sólo dejé de escribir sino que además dejé de leer. Uno siempre se mete en librerías, se mete a revisar libros, pero yo no, yo lo abandoné todo; me sumergí en la pega. Pensaba: ya no tengo talento, si es que alguna vez lo tuve. Y dejé de escribir por tres años, hasta el 2015”.

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—Fue una crisis vocacional.

— “Exacto, como si tuviera un cáncer, dije: me encierro y me dedico a la pega, y así puedo ser feliz”.

En 2015 renuncia al trabajo y se mete a estudiar un Magíster en Guión. En ese lugar se vuelve a encontrar con quiera fuera su mentor: Jaime Collyer, profesor del postgrado. Collyer, que no lo veía desde hace cinco años, lo reconoce y lo invita a que se reintegre a sus talleres. “Fui, le mostré un cuento que estaba escribiendo y que se llamaba Visión del Tigre, como el título del libro. Por eso es que le puse así al libro porque es el primer cuento con el que volví a escribir, entre comillas. Volví a la vida de taller, Collyer comenzó a evaluarme mejor y de a poco fue forjándose una confianza en mí. En ese periodo salieron la mayoría de los cuentos de Visión del Tigre, como Siembra y cosecha o Una condena, que después lo presenté al concurso Paula y salió finalista”.

Tras la publicación y buena recepción de su ópera prima, Sepúlveda se apresta a escribir una novela y un segundo libro de cuentos. Ha aprovechado igualmente de ponerse al día en la lectura de libros escritos por mujeres, como Clarice Lispector o María Moreno.

Descubrió hace muy poco la obra de J.G. Ballard (leyó Rascacielos, de 1975) y de William Golding. “Empecé a buscar libros que hablen de la incivilidad como, por ejemplo, El Señor de las Moscas. Tengo el contexto, algunos personajes, la premisa. Me doy la libertad de que la historia se desarrolle. Tengo otro proyecto que presenté al Fondo del Libro, y que salió favorecido, que es un libro de cuentos sobre el Diablo como la encarnación del mal. Es como volver un poco a retomar la figura más inocentona del diablo, con cachos y cola, y comenzar a deconstruirlo hasta convertirse simplemente en la presencia del mal. Son diez cuentos”.

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