Reseña: Kentukis, de Samanta Schweblin

Por Jorge Yacoman

Kentukis (Literatura Random House, 2018) de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) nos introduce directamente, sin entrar en detalles o trasfondos, a varios rincones del mundo, a una intimidad familiar, pero extraña; primero a través de un grupo de mujeres adolescentes que se desnudan y juegan frente a un conejo, un kentuki, el que incorpora una cámara por la cual las observa un desconocido. La situación se siente irreal y el mismo juego le atribuye un tono infantil, pero las jóvenes, intentando usar al kentuki para propósitos perversos, pronto descubren el peligro al que se han expuesto cuando el desconocido logra comunicarse con ellas usando un tablero de Ouija y revierte los roles.

Es así como el libro se compone de diversas situaciones similares donde personas se enfrentan a esta nueva posibilidad de interactuar con otros. Una de ellas es también Emilia quien recibe, como regalo de su hijo, acceso para poder ser un kentuki; la posibilidad de observar a una mujer incógnita. Después está otra mujer, Alina, que se podría situar dentro de las primeras personas que compró uno de estos dispositivos, insinuando ya una carencia en la sociedad de la cual es parte y cuya inercia la impulsa a esta adquisición sin realmente entender el porqué. De esta manera el kentuki se instala en la vida de ella y su pareja Sven como símbolo de la distancia que se comienza a establecer entre ellos.

Schweblin mantiene un tono neutro y sólido, como si fuera una máquina también que registra la intimidad de estas personas, tal como el Gran Hermano en 1984, de George Orwell, o HAL 9000 en 2001: Odisea en el espacio, de Stanley Kubrick, pero dejándonos ver sus inquietudes como si estas fueran el único vestigio de humanidad en este nuevo mundo tecnológico. Es este contraste el que logra una tensión a lo largo de cada relato, la sensata desconfianza en artefactos que se podrían volver en contra de las personas.

Esta premisa se va repitiendo en el desarrollo intercalado de estas historias, introduciendo otras nuevas como el uso de unos kentukis determinado por la exmujer de Enzo como forma de integración o copaternidad para su hijo Luca; el plan de Grigor por tener varios kentukis y organizarlos de acuerdo a características como clase socioeconómica, entorno familiar, ubicación e idioma con el fin de instaurar un negocio que permita aumentar el valor de los kentukis; o Marvin, un colegial, quien como kentuki, sin él saberlo, tenía que cumplir la función de animar la vitrina de una tienda, pero debido a la diferencia de horarios entre países, Marvin solo puede operar el kentuki cuando al otro lado ya es de noche y la tienda está cerrada.

Así leemos: “Había gente dispuesta a soltar una fortuna por vivir en la pobreza unas horas al día, y estaban los que pagaban por hacer turismo sin moverse de sus casas, por pasear por la India sin una sola diarrea, o conocer el inverno polar descalzaos y en pijama. También había oportunistas, para quienes una conexión en un estudio de abogados de Doha equivalía a la oportunidad de pasearse toda una noche sobre notas y documentos que nadie más debería ver”.

Asumir otra identidad, ser parte de otra vida, ejercer dominio sobre otro o ser dominado, recibir cariño, atención, suplir carencias afectivas, de comunicación. Cada uno de estos temas van funcionando como símbolos de nuestra sociedad actual y futura a través de la inevitable tragedia de lograr un vínculo tan real con un kentuki que al perderlo el dolor llega a ser igual de fuerte o incluso mayor a que si hubiera sido una persona en carne y hueso. Es un reflejo de una proyección de un ideal que recuerda esa falta de cariño propio, esa incapacidad de reconocernos por lo desconectados que estamos de nosotros mismos. Es aquí donde la narración de Schweblin cobra sentido y uno como lector empatiza con estos personajes de los cuales no sabe casi nada y aún así forma un lazo que duele al punto de aterrorizar.


Kentukis

Samanta Schweblin

Literatura Random House

224 páginas

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