Reseña: Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento), de Macarena Araya

Por Juan Pablo Sáez

A primera vista la ópera prima de la actriz y guionista Macarena Araya Lira, titulada Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento), parece un compendio de relatos autónomos. Sin embargo, conforme uno avanza en la lectura, es posible descubrir que el libro es en realidad una nouvelle dividida en nueve capítulos. No hay aquí una sucesión cronológica de hechos sino más bien una sumatoria de momentos, digresiones, raccontos, flashbacks, que forman parte de la vida de la protagonista, una treintañera de clase media que trabaja en la periferia de Santiago.

La nouvelle inicia con un acertado párrafo que resume las características principales de la protagonista/narradora: “Ella tenía un auto chino, vivía en el centro de Santiago y trabajaba haciendo clases en un instituto profesional en Puente Alto. Su auto había sido elegido el más inseguro a la venta en Chile”. La cita ejemplifica, en tan solo un puñado de palabras, dos logros importantes de este libro: la descripción sucinta de los personajes —esto es, lo que equivaldría en una película a que nos mostraran en unos cuantos segundos a un personaje y supiéramos en ese corto lapso de tiempo de quién se trata— y, quizás lo más importante, el imprescindible enganche con el lector.

La protagonista es una joven profesional, hija de un exmilitante comunista, que para ganarse la vida debe viajar largas distancias en un pequeño vehículo que opera no solo como una metáfora de la precariedad de esta mujer sino además de la de toda su generación, nacida a fines de la dictadura y criada en los años noventa, los años de la transición; un trozo de tiempo llamado a ser bisagra entre dos épocas, pero cuyo corpus siempre fue indeterminado: lo que se suponía era de izquierda no lo era y quienes debían ir presos por crímenes de lesa humanidad quedaban libres. Un país sin ataduras que, sin embargo, seguía siendo transversalmente conservador y provinciano.

Esa indeterminación (que está en la identidad misma del libro, pues, como dijimos, puede leerse como una nouvelle pero también como un volumen de cuentos) marca el alma de los personajes, quienes nunca permanecen fijos en un solo lugar y cuando así ocurre, nunca están espiritualmente sosegados; la insatisfacción los carcome: para ellos no existe el aquí y el ahora, como tampoco el futuro. Lo que sí existe es el pasado y los personajes de Paisajes escapan de él. En el relato final, “Ñuñoa (¿te volviste a enamorar Mirella?)”, la protagonista intenta reconstruir su vida yéndose a vivir a un departamento que, por casualidad, resulta ser el antiguo hogar de una reconocida locutora radial de los años 60, cercana a Allende. El pasado, el suyo propio y el de su país, termina por atrapar a la protagonista.

De allí que los personajes de Araya vivan en un eterno no man’s land, metaforizado en este libro por los constantes viajes de la narradora y de quienes la rodean: su familia y su mejor amigo, Juan. La ciudad de Ovalle, el sur de Chile, Uruguay, Barcelona, asoman como horizontes temporales, destinos de paso que se vuelven fantasmagóricos con el paso del tiempo. “Los animales parecían sombras y las personas desaparecían entremedio de la niebla”, dice la protagonista describiendo la periferia capitalina, elegida como uno de los tantos destinos de su familia.

Dos personajes secundarios destacan en el libro de Macarena Araya: la madre de la narradora y su mejor amigo, Juan. La madre —una mujer separada, que vive sola y sufre una grave enfermedad— constituye una introyección de los patrones ligados al pasado familiar: nomadismo, inestabilidad, soledad, de los cuales la protagonista pareciera querer escapar. Dichos patrones deben ser entendidos como una metáfora de la generación que precede a la de la narradora —la de los hijos de la dictadura—, lacerada por el trauma del 73.

Por su parte, Juan actúa como el anverso de la narradora: no tiene una conexión política con el pasado, es más apegado a su familia y ha vivido desde su niñez doblemente discriminado, como homosexual y como integrante de la clase obrera. “Juan creía que me tomaba todo en serio y que los manuales de escritura que tanto leía no me ayudarían en nada. Decía que Robert McKee era un gringo de mierda. Decía que había más clase de escritura en las canciones de Thalía. Decía que me faltaba calle. Decía que era cuica”, cuenta la narradora al describir su relación con Juan en un magíster de guion en Barcelona.

La discriminación en el caso de Juan —su autopercepción como ser periférico— no opera desde lo político/ideológico, como ocurría en dictadura, sino desde lo puramente social. Si la narradora se ve a sí misma como desencajada ideológicamente del centro de la sociedad (por influjo familiar), su amigo vive ese sentimiento pero desde lo social. Ambos conforman las dos caras de una generación centrífuga, difusa, acostumbrada a habitar la periferia; una generación no solo precarizada sino además resignada a dicha realidad.

Un ejemplo de lo anterior es el que se registra cuando, para salir de la crisis económica, la protagonista decide trabajar sacando fotos en matrimonios. Comienza por el de un amigo, pero todo sale mal: “Las fotos están como el pico y no te vamos a pagar. Ese es el mensaje que tengo cuando despierto. Es de la esposa de mi excompañero de colegio. Las reviso y es cierto, las fotos están malas, desenfocadas. No me acuerdo por qué quedaron así, tampoco recuerdo mucho de la fiesta”, relata la narradora.

Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento) esconde una complejidad que abre la puerta a múltiples análisis y augura, de paso, un futuro auspicioso a su autora en la narrativa nacional.


Paisajes (No habrá muerte. Aquí terminará el cuento)

Macarena Araya

Editorial Noctámbula

174 páginas

1ª edición: abril de 2019.

Portada Paisajes 2

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