Un cuarto de siglo sin Kurt Cobain

  • El pasado 5 de abril se cumplieron veinticinco años sin la presencia del líder de Nirvana. Una historia meteórica, potente y que quedó para siempre en la leyenda musical. Su disco Nevermind aún es considerado una de las grandes joyas creativas del rock del fin de una era.

Por Felipe Valdivia M.

Si hubiera que identificar un hito en la historia musical de la década de los noventa, ese espacio de tiempo que puso fin a un siglo entero de cambios vertiginosos para la humanidad, uno solo es el concepto que se nos debería venir a la cabeza: grunge. Y la palabra grunge debiese ir subrayada, dada su importancia como estilo musical, acaso forma de vida, para una generación entera que se rindió ante un ícono claro: Kurt Cobain.

Han pasado 25 años desde que el líder de Nirvana se suicidó en abril de 1994. Pero su música, sus discos, su imagen y su legado artístico todavía continúan impresionándonos y, por qué no decirlo, asombrándonos. En tiempos en que guitarras, bajo y baterías parecen tomar un lamentable segundo plano; en una era en que la “música urbana” ha dominado los rankings mundiales; y en tiempos en que MTV definitivamente dejó de ser esa importante plataforma televisiva para las bandas que buscaban proyectarse en todo el orbe, aun perdura el recuerdo de la música grunge para un no despreciable público que se niega a dar por muerto el legado de Cobain.

Este último punto –el de MTV– parece un dato suelto, pero no lo es. Porque fue en la estación televisiva donde se estrenó el videoclip de Smells like teen spirit, cuando en el canal efectivamente se pasaban videos musicales. Este hecho, fue considerado una especie de anuncio de lo que vendría meses después. Y la espera valió sus resultados, sin duda.

Fue todo muy vertiginoso, tal como las composiciones, la música, los acordes y riffs de Cobain; o la forma en que Kris Novoselic tocaba el bajo; o la técnica inigualable de golpe en la batería que tenía Dave Grohl. Se juntaron tres grandes músicos, es cierto, pero el mérito de Kurt Cobain está por sobre el resto de la banda si se analiza el éxito de Nirvana.

En septiembre de 1991 se estrenó el primer single del álbum Nevermind, producido por Butch Vig, acaso uno de los principales responsables –junto a Cobain– del éxito del disco. De ahí en adelante el grunge se instaló como una nueva forma de entender el rock de la década de los 90.

El rápido cambio del curso de la música fue tan rápido y tajante como el éxito que consiguió Nirvana. Hasta enero de 1992, Dangerous, el disco de Michael Jackson se había instalado cómodamente en el número 1 de Estados Unidos. Al denominado Rey del Pop –hoy tan cuestionado– era imposible desbancarlo del ranking.

Ni siquiera el recién formado tridente sospechaba lo que vendría después del lanzamiento del primer single, porque hasta ese entonces –sólo hasta ese entonces– Nirvana era una banda de rock alternativo itinerante de bares y clubes underground de la bohemia gringa. Ahí presentaban los temas de su primer disco Bleach (1989) y algunas muestras de lo que serían las versiones definitivas de Nevermind.

Bleach apenas había logrado vender 40.000 unidades en Estados Unidos, nada comparable con las 300 mil copias que se despachaban por semana, durante el último trimestre de 1991, con el nuevo disco. Una locura, si consideramos que hasta hoy se calcula que el segundo LP de Nirvana acumula 35 millones de copias vendidas.

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35 millones de copias vendidas, acumula Nevermind, el segundo disco de Nirvana

***

Las cifras, en todo caso, siempre nos ayudan a elaborar una especie de radiografía del momento. Se trabaja con ellas para ilustrar e impactar. Pero al final, lo que siempre importa son los hechos.

Nirvana, como banda sonora principal del grunge y la década de los 90, marca un antes y un después, simplemente porque logra despertar a una generación rabiosa, angustiada e indolente ante lo que pasaba en el mundo. La caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría, además de otros vertiginosos cambios sociales eran el telón de fondo para una juventud que, ya lo decíamos anteriormente, aún escuchaba viejos y buenos clásicos del rock setentero y el nuevo formato musical en clave pop, con bases y sintetizadores. Pero no había más.

Es Nirvana, quien despierta a la denominada generación X y que de paso permite la apertura para las siguientes bandas como Pearl Jam, Soundgarden, Alice in Chains y Stone Temple Pilots, entre otras.

Sonaría exagerado, casi cursi, pero para entender la historia musical de la década de los noventa, simplemente hay que trazar en la línea de tiempo un antes y un después de Nirvana.

Sus letras repletas de pesimismo son de exclusiva responsabilidad de Kurt Cobain, quien desde su adolescencia en su natal Abeerden en el estado de Washington, anotó una serie de eventuales canciones en las que manifestaba desde temprana edad su angustia y furia contra el mundo.

Sin quererlo, Kurt Cobain mutó desde el niño inadaptado de una familia disfuncional hasta una especie de mesías o líder espiritual, si se quiere, para toda una generación. Es que su magnética impostura, sus aullidos de dolor y su lírica desilusionada le dieron sentido a una música rotunda, cuyo ícono marca incluso a la tendencia de la moda. Hasta hoy perduran jeans desgarrados y camisas en cuadritos.

Pese al pesimismo y horizonte oscuro que sus letras dejaban como mensaje, Kurt Cobain era lo suficientemente sensible para lograr conectar desde su introvertida soledad con las masas. Era otra persona, dicen, cuando se subía al escenario con su guitarra cruzada.

La fama y el éxito fue una verdadera bomba de racimo. Tanto así, que penetraron en la ya inestable personalidad de Kurt; no estaba acostumbrado a tanta presión por la fama y buscó refugio en la heroína y, en general, en todo tipo de sustancias que lo alejaran de su realidad.

***

Ese fue el contexto –con Kurt Cobain adicto a la heroína; casado con Courtney Love; y con una hija de un año– en que la banda lanza su tercer disco, In Utero, en septiembre de 1993. Es uno de los buenos discos de Nirvana junto con el MTV Unplugged. Para ese entonces, ya era una locura colectiva.

Kurt Cobain, Courtney Love and baby Frances Bean attending the 1993 MTV Music Video Awards in Los Angeles 09/02/93

La decadencia se notaba en el ambiente. Como cuando los astrónomos dicen que las estrellas también se apagan, así más menos era la sensación del entorno. Dave Gorhl ya había comenzado a registrar algunas de sus futuras composiciones de lo que sería su actual banda, Foo Fighters. Novoselic, tal vez no tenía la personalidad que posee actualmente, pero de igual forma intuía cuál sería el final.

De alguna manera, Kurt y Courtney estaban infectados. Ambos. El término del matrimonio tenía como segunda trama la incurable adicción de ambos por la heroína hasta que el punto final lo puso Cobain. Era como una historia con spoilers permanentes. El primero vino en marzo de 1994 cuando giraba por Europa con la banda. A esa altura ya era considerado una especie de leyenda viva.

Venían de Munich, el 1 de marzo, luego seguía Roma. Y ahí, sin que nadie lo advirtiera ocurrió: sobredosis de somníferos. Lamentablemente para él sobrevivió luego de 20 horas en coma. Nunca más Nirvana volvería a tocar con su agrupación original. Inconscientemente Munich se convirtió en el último concierto de Nirvana.

De regreso en Estados Unidos, los episodios decadentes continuaron. Llamados a la policía, una especie de allanamiento y la rehabilitación, fueron parte de la trama.

Lo enviaron a un centro de adictos en Los Angeles donde apenas duró unas cuantas horas encerrado. Solo las historias más o menos épicas pueden tener ingredientes sabrosos, como la siguiente: cuando Cobain tomó el avión de regreso a Estados Unidos, coincidió con Duff McKagan. Charlaron sobre música y cosas así, pero el bajista de los Guns n´Roses nunca notó nada extraño. Porque de haberlo sabido, él hubiese hecho algo más. Días después desapareció.

Hasta que fue encontrado muerto en su casa el 8 de abril. Un disparo de escopeta en la sien fue la causa. Entre sus pertenencias, una carta de despedida, que con el tiempo se convirtió en un texto póstumo y mítico. Habían pasado tres días desde que se había suicidado y nadie lo había advertido. El aislamiento que siempre lo caracterizó.

Tenía 27 años, la misma edad de Jimi Hendrix, Jim Morrison y Janis Joplin cuando murieron. Como sea, se apagaba para siempre el ícono del grunge; se confirma a la leyenda viviente de los noventa; el creador inconsciente del grunge que fue como una suerte de mantra para esa juventud descontenta.

Un músico y compositor que más allá del estilo mismo, tenía mucho más que entregarnos. Por ahora, seguimos coreando Smells like teen spirit, Come as you are, Lithium, About a girl o el cover de Bowie, que se convirtió en un himno en sí mismo, The man who sold the world. Un cuarto de siglo sin un genio, en definitiva.

 

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