Reseña de Sábado, Domingo, de Ray Loriga

Por Mauricio Embry, desde Barcelona

¿Has guardado un secreto por años? ¿Algo que, ya sea por miedo o vergüenza, nunca has hablado con nadie? Esa es la base argumental de Sábado, domingo (Alfaguara, 2019), la última novela del escritor español Ray Loriga.

En la primera parte del libro (“Sábado”) el protagonista es un adolescente que vive en un sector de clase alta de Madrid, pero cuya primera infancia la pasó en un barrio que él mismo define como de “trabajadores normales, es decir, trabajadores que por mucho que se esfuercen no ganan mucho dinero”. Una noche, él y un amigo viven un confuso hecho después de una fiesta, lo que constituye el misterio sobre el que se teje toda la tensión del relato. Un misterio que está esbozado desde la frase inicial del libro: “Lo que sucedió ese día nunca lo hablé con nadie, ni con Chino, que lo vivió conmigo”. En la segunda parte (“Domingo”) vemos al personaje principal —ya adulto, divorciado y con una carrera literaria fallida— encontrarse con una persona que lo hará toparse de bruces con ese hecho de su adolescencia y averiguar lo que realmente ocurrió esa noche.

Uno de los elementos más destacables de este libro es la interesante voz narrativa que posee. Y no es poca cosa considerando que, cuando la voz del narrador es atractiva, la seguimos escuchando hasta el final, aunque se trate incluso de una clasificación sobre los distintos tipos de percha. En este caso, el libro de Loriga tiene una voz que resulta atrapante, con una prosa agresiva y con reflexiones donde se conjugan muy bien ironía y visceralidad. Un narrador que puede recordar por momentos al de otras novelas como El guardián entre el centeno, de Salinger; o Mala onda, de Fuguet.

En Sábado, domingo el personaje principal sufre y es consciente que sufre, pero su forma de abordar el asunto es siempre con una pose de supuesta apatía, lanzando frases rápidas que apelan por igual tanto a la cabeza como a los intestinos, haciéndote reír, emocionar y hasta filosofar al mismo tiempo, como se aprecia en este pasaje: “Imagino que cuando envejezca me reiré de lo irrelevante que es ahora todo lo que hago, o no hago, y de todo lo que pienso o dejo de pensar. Dios lo quiera”. También vemos esta actitud cuando el protagonista nos habla de la esquizofrenia que padece su hermano como si no fuera algo realmente importante, mostrándonos a alguien que aparenta ser muy desafectado y egoísta, pero que realmente es bastante sensible, lo que se puede ver cuando dice: “A mí las chifladuras de mi hermano, en lugar de risa, me dan pena. No quiero buscarme excusas, pero a lo mejor es por eso por lo que últimamente bebo tanto, y cuando digo últimamente me refiero a lo mucho que bebo desde los catorce años”.

La otra gran virtud que tiene el libro es el adecuado tratamiento que hace de la adolescencia en su primera parte y, en particular, de un sentimiento que es tan propio de esa época de la vida: el desarraigo. Esa sensación de no pertenecer, de sentir la más completa soledad incluso entre familiares y amigos. Quizás, especialmente entre familiares y amigos. Un sentimiento que, tal como nos pudo ocurrir a nosotros en algún momento, el protagonista busca cubrir con apariencias que lo hacen ser un personaje lleno de contradicciones y, por ejemplo, ir a una fiesta y querer largarse enseguida, o pensar por momentos que es la mejor persona del mundo y luego, de pronto, el ser más asqueroso y despreciable. Tal vez donde mejor vemos esta contradicción es en su amistad con Chino, quien lo trata mal llamándolo “bonita” o haciéndolo pagar siempre a él la cuenta de los bares, a pesar de que tiene una situación económica mucho mejor que la suya. Aun así, el protagonista lo termina acompañando a todos lados e incluso finge interesarse por revistas de autos y armas que, en realidad, no le importan. Lo peor es que, cuando quiere imponer límites y mandarlo al carajo, no es capaz de hacerlo y solo termina viendo el reflejo de su debilidad dentro de una jarra de cerveza. Y es que Chino es tal vez su único vínculo con el mundo, con eso que la gente suele llamar “normalidad”. De ahí que sea incapaz de encararlo por sus abusos. Chino es, además, el prototipo del macho alfa que supuestamente conquista a todas las chicas y que, en el fondo, el protagonista también quisiera encarnar, siendo este un elemento que, por un lado lo atrae de su amigo (porque siempre está rodeado de mujeres), pero que, al mismo tiempo, es el constante recordatorio de su propia incapacidad para conseguirlo.

La segunda parte del libro resulta, lamentablemente, más fallida, a tal punto que parecen dos novelas distintas. Es cierto que tiene elementos positivos, ya que la voz narrativa del protagonista (ahora adulto) sigue siendo atractiva y se tocan temas interesantes como el del fracaso, el no alcanzar las metas, no encontrar tu camino, no lograr nunca estar a la altura de lo que nos exigimos nosotros mismos o de lo que la sociedad exige de nosotros, permitiendo hacer un contraste entre la mirada de la adolescencia, con todo el mundo por delante, y una adultez donde la mayoría de las cosas de la vida ya ocurrieron. Sin embargo, resulta forzado el momento de la resolución del gran misterio sobre lo que ocurrió realmente esa noche cuando el protagonista era adolescente, ya que ahí se notan los hilos debajo de la camiseta. Unos hilos con los que se ve claramente que el escritor está moviendo a los personajes para que haya reencuentros inesperados, amistades que nunca vimos venir y verdades que de tan evidentes y simples, resultan desilusionantes después de tantas páginas esperando conocerlas. Los diálogos en esta parte también resultan demasiado informativos, siendo precisamente este el recurso que utiliza Loriga para develar el gran misterio, lo que puede producir la sensación de que te están contando el final, en lugar de ir mostrándotelo.

Pese a estos fallos, Sábado, Domingo es una novela llena de grandes reflexiones que, de manera amena, nos hacen cuestionarnos, casi sin darnos cuenta, sobre grandes temas de la condición humana como la culpa, el desarraigo o el fracaso, guiados por la voz de un narrador (el protagonista) que, al sentirse perdedor, mira la vida con un cinismo tan divertido como doloroso y honesto. Quizás, por eso, terminas empatizando con él incluso aunque no quieras.

 

FICHA:

Sábado, domingo

Ray Loriga

Alfaguara

194 páginas

Libro LORIGA

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