Rodrigo Cortés, autor de Buganvilia: “Esta novela es pura rabia. No sé si hay otra emoción ahí”

El ganador del último Premio Revista de Libros, de El Mercurio, habló en exclusiva con Soy Pensante sobre su celebrada ópera prima, un crudo relato acerca de la marginalidad en el Santiago del siglo XXI.

Por Juan Pablo Sáez

El abogado y escritor Rodrigo Cortés Muñoz (Santiago, 1975) ideó su primera novela, Buganvilia, en base a sus vivencias en una población de Puente Alto hasta donde llegó hace varios años como voluntario, junto con compañeros de la Universidad Católica. Con el tiempo tejió una relación de amistad con algunas familias del lugar, a quienes ve regularmente. Uno de los protagonistas de la novela es justamente un abogado, llamado Borja, que apadrina a una familia de pobladores del sur de Santiago. Es a través de este personaje que el lector accede a la realidad de la periferia capitalina.

¿Qué tanto de Borja hay en ti?

—“Harto yo creo, y nada a la vez. Quizá tiene mucho de mí porque la novela es como un acomodo. La escritura de la novela tiene que ver con mucha rabia que yo siento. Entonces, la novela es un poco sacarse esa rabia, y la novela es pura rabia. No sé si hay otra emoción ahí. Es pura ira que yo nunca pensé sentir con tanta magnitud y tanta intensidad. Y en ese sentido el libro es esa rabia, es esa ira, y es mi rabia y es mi ira. Ahora, yo no sé si soy pura rabia porque puede ser que sí, pero yo soy también otras cosas. No sé si hay una correspondencia exacta entre Borja y yo, o entre el libro y yo”.

—Esa rabia, ¿qué tipo de rabia es?

—“Tengo amigos [en una población en Puente Alto] que son adictos al neoprén. Y el neoprén es impresionante como va matando a las personas, uno va viendo cómo van perdiendo capacidad cognitiva y eso duele, duele harto. Nunca creí que me iba a doler tanto. Entonces escribí el libro como para deshacerme de todo esto. Por eso también mi relación con el libro es media extraña. Como que es algo que no quisiera tener cerca, porque finalmente tiene que ver con una dimensión que es muy compleja sobre la que no sé mucho cómo lidiar con ella. Por eso creo que el libro es pura sublimación. La ira o el dolor tiene un poco esta cosa de que no tiene contenido. Una de las cosas que me he dado cuenta trabajando en Puente Alto es que el dolor y la rabia generan espacios para doler y rabiar más. Entonces se vuelve un proceso que es bien infinito. Finalmente el libro es también una intención de ponerle coto. Se acaba el libro y es como cerrar esa puerta”.

—Leyendo el libro da la impresión que uno como lector se sumerge en algo documental y no ficticio. La pregunta es si tanto los personajes como los hechos que tú relatas acá son reales.

—“La realidad está ficcionada como hacia la civilidad. La realidad de la población es infinitamente más descarnada. El primer proceso de edición que este libro tuvo cuando iba a ser publicado produjo ese efecto. Había escenas que tenían muchísima violencia y que fueron, entre comillas, civilizadas en un proceso que ahora yo entiendo. Si no, el libro se habría vuelto un escándalo. Porque mi intención no es escandalizar con el libro, pero la realidad de la población supera infinitamente en violencia, en dolor, lo que se describe en el libro. Lo que hace el libro es reducir a códigos sociales o comunitarios una dramática que la excede con creces, entonces, en ese sentido, el libro es ficción. Pero es ficción quizás en un sentido distinto. La ficción en este caso cumple una función de reducir a entendimiento comunitario algo cuya extensión es infinita. Y eso me llama a mí harto la atención, como que no se dimensiona la violencia que se vive en las poblaciones, y el desgarro que eso genera”.

El autor de Buganvilia critica abiertamente la posición acomodaticia desde la cual el arte chileno asume la realidad de las periferias de las ciudades. Cortés se refiere a esta mirada acomodaticia del arte como “posición GAM”, en referencia a la imagen que el arte transmite a través del Centro cultural Gabriel Mistral (GAM). Desde esta mirada externa, según él, la crudeza de la población es vista como un escándalo.

—“[En esta novela] no hay exageración, no hay hipérbole. Pero, por ejemplo, la violencia sexual en la población es muy fuerte desde una posición GAM. Entonces, cuando la violencia sexual se lee desde una posición GAM escandaliza y eso tiene sentido finalmente porque cada comunidad genera sus propias dinámicas, y las significaciones de sus relaciones se entienden siempre de manera intrasistémica. Entonces, lo que trato de decir es, por ejemplo, que en materia de violencia sexual el libro era mucho más explícito. En la agresividad de los gestos también el libro era mucho más explícito”.

—Tú muestras en Buganvilia una imagen irreversiblemente apocalíptica de la periferia. La pregunta que uno se hace después de leer la novela es si hay salida a todo ese drama que tú muestras, en el sentido de que en Chile las autoridades nos venden un discurso de que eso sí es posible; el mito del self made man criollo, tipo Arturo Vidal o Alexis Sánchez.

— “Quizá yo no trato de hacer una descripción de la pobreza, al contrario. Mi pretensión es más universal. Si bien el libro centra su trama en una población del sur de Santiago, lo que yo en rigor estoy haciendo es describir Santiago. Y quizá el hecho de que yo no cuente lo que ocurre en San Damián o en Valle Escondido, no significa que no esté referido aquí lo que ocurre en San Damián o en Valle Escondido. En ese sentido, tengo una visión muy pesimista de Santiago, de su gente, de la dirigencia del gobierno, cualquiera sea su tendencia política. Me parece que la sociedad chilena como comunidad ha privatizado sus intereses. Todo lo que hoy día se sostiene como lucha social, en rigor, no son sino pretensiones individuales reclamadas colectivamente. La población [retratada en el libro] queda muy cerca de Bajos de Mena, por ejemplo, y si uno lee Chile desde la relación que Chile tiene con Bajos de Mena esto es la desesperanza absoluta.

“Yo de alguna manera vengo de la élite, soy abogado, estudié en la Universidad Católica, estudié fuera de Chile, he tenido acceso a oportunidades que quizá no todo el mundo ha tenido, por mi familia. Yo no he trabajado para ello, y desde mi posición puedo decir que mi mundo es absolutamente indiferente, absolutamente ignorante, y carece absolutamente de las herramientas para hacerse cargo de lo que mi mundo ha generado como externalidad. La injusticia social en Santiago es máxima, y frente a ello no cabe sino la desesperanza. No veo cómo esto va a superarse y esto del self made man yo nunca lo he visto. Al contrario: creo que el esfuerzo por intentar salir adelante, yo lo veo. El tema es que las herramientas cognitivas están muy heridas, entonces la gente no es capaz, sin perjuicio de su esfuerzo, de salir adelante. Además que la droga y el tráfico han generado cambios estructurales en la forma como la gente se desarrolla, entonces esto genera una escisión. Las poblaciones se han transformado en sistemas que están escindidos del resto de la sociedad, estos sistemas tienen su significancia, tienen sus cogniciones, sus mecanismos, sus gramáticas, entonces eso vuelve aún más fuerte o aún más imposible cualquier trabajo transversal. Y frente a eso no cabe sino la desesperanza; no soy optimista de esto”.

—Otra cosa que salta a la vista es la extrema crudeza con la que tratas el tema de la marginalidad. Aquí no se romantiza nada.

— “Esto no intenta objetualizar la pobreza de la marginalidad. La gente que más quiero, aparte de mis padres, es gente que vive en Puente alto. Y es gente que me quiere mucho. Entonces no intento caricaturizar la pobreza o vestirla de un ropaje cruento y creo que la real violencia es la marginalidad. Es el hecho de que una sociedad como la chilena tiene niveles de riqueza que están absolutamente privatizados. Y eso ha generado una pobreza que hoy día es insuperable. Hoy en día ser pobre no es un adjetivo, es un sustantivo que ha hincado con tal magnitud en las personas que ya no hay ninguna posibilidad de que la persona pueda salir de ahí. No tiene sentido que salga de ahí, porque si sale de ahí va a trabajar diez horas diarias haciendo el aseo por un sueldo que es menos del mínimo. Entonces es esa la violencia que me interesa, [la novela] trata de reflejarla de un modo indirecto. La violencia y el gesto correspondiente, en el sentido que yo no busco romantizar, busca dar cuenta de eso, la real violencia no es la que se vive ahí sino que es lo que generó la marginalidad. Algo así como la violencia/marginalidad es el espejo de una sociedad indiferente, ignorante, y bruta”.

—Tu novela sigue un derrotero distinto respecto de las obras que hoy día se están escribiendo en Chile, más intimistas, individualistas, centradas en las clases más acomodadas. Temas como la marginalidad se tocan muy poco en nuestro país si lo comparamos con lo que pasa en México, por ejemplo, donde los escritores sí se atreven a tocar estos temas.

—“Creo que la gente puede escribir de lo que quiera. Yo no sé si uno puede normatizar, en el sentido de establecer pautas sobre qué sí y qué no se puede escribir. A mí la verdad es que el gesto Zambra, entre comillas, o la escritura del Yo, a mí no me interpela mucho, la verdad. Como: hablar de mi tía que tenía un gato que se llamaba Juan y que se murió. A mí eso no me interpela. Yo soy católico, soy observante, y algo que influyó mucho en mí fue que la Conferencia Episcopal de Medellín, en 1967, la Iglesia latinoamericana que da origen y se vincula a la Teología de la Liberación, entiende que en la Historia al Cristo se le crucifica. Entonces, la necesidad de emancipar, de revolucionar, la necesidad de fracturar los mecanismos de opresión, me llevan a entender que está afuera la Historia, no está en mi ombligo, ni siquiera en mi barrio, en mis amigos, o en mi dimensión social o intelectual, que quizá pueda ser algo interesante. Yo soy abogado, me gusta la filosofía del lenguaje, pero creo que la Historia real donde uno encuentra esa sacramentalidad, es la Historia del oprimido. Eso siempre está afuera, creo”.

—Cuando se habla de Nicomedes Guzmán o de Baldomero Lillo pareciera que uno hablara de una época perdida, como si uno estuviera en Francia y hablara de Víctor Hugo, de Emile Zola, que son mucho más antiguos. Pero Guzmán hablaba del siglo XX y Lillo de inicios del siglo XX. Haber olvidado estos autores demuestra que la falta de memoria histórica se aplica igualmente a la literatura chilena.

—“Tratando de elucubrar una teoría, me parece que la dictadura generó un efecto que es súper perverso, y ha sido súper concientizado, que es la privatización de la vida. Porque hay una transformación del modelo económico sobre el cual uno puede tener una opinión a favor o en contra. Incluso a mí me da lo mismo. Pero además generó un efecto, por ejemplo, en todo lo tiene que ver con la discusión sobre educación y gratuidad, que a mí me parece súper patente. Yo trabajo en colegios donde los estudiantes no obtienen 250 puntos en la PSU, o en lugares donde en los consultorios no hay vendas, no hay médicos, y es como: qué sentido tiene pedir educación gratuita cuando la persona que está enfrente mío no tiene ni uno. Yo he vivido en Europa y a mí me ha tocado conocer esta gente que se ha ganado la Beca Chile y a mí me parece insólito todos los reclamos que esta gente genera de que la plata no les alcanza, de que por favor los liberen para venirse a Chile, y es como: en Chile no hay plata en los consultorios para cosas tan mínimas como vendaje o alcohol. A mí me llama mucho la atención cómo el individuo se siente con el derecho de reclamar desde su ombligo sin que le importe el que está enfrente, que está en peores condiciones. Entonces, quizá eso influye en la literatura”.

Buganvilia es fruto de un largo trabajo desarrollado por su autor desde 2011 en distintos talleres literarios, dirigidos por escritores de renombre. La novela de Cortés partió como un cuento que escribió en uno de ellos y que luego se fue extendiendo.

—“En el taller de Pablo Simonetti escribí un cuento que se llama La Conyugal, que es un capítulo de este libro. En ese tiempo yo trabajaba en la población y no quería escribir ese libro, pero no sabía qué hacer con todo lo que estaba viviendo y se me salía en insomnio, gastritis, histeria. En ese momento yo lo que quería era escribir una novela sobre Uruguay que circulaba en torno al amor y de repente me sale esto y veo que tiene buena recepción, y también veo que me hace bien su escritura. Al año siguiente ingreso al taller de Diamela Eltit y ahí escribo dos capítulos de lo que sería esta novela y a ella le gustó mucho. Y ahí ella me dice: escribe esto, demórate todo lo que quieras, pero escríbela. Y ahí empiezo a escribir esta novela. Y luego al año siguiente, en el taller de Matías Correa, escribo el resto de los capítulos”.

— ¿Cómo influyeron estas instancias en la escritura de tu ópera prima? ¿Recuerdas algún taller en particular, que te haya marcado?

“Para mí los talleres en los que yo he participado han sido esenciales, no estaría vivo sin talleres literarios. Han sido muy importantes, incluso más que la escritura, porque ahí he encontrado amigos, en momentos que no han sido tan fáciles en mi vida. Entonces, el taller se ha vuelto una especie de Alcohólicos Anónimos, finalmente. Y que yo necesito, en verdad. Sin perjuicio que además yo no soy una persona muy sociable; muy dado como a la expresión de la afectividad. El taller entonces se ha vuelto una instancia muy importante para mí.

“En segundo término, yo en los talleres he aprendido a escribir, y sin los talleres no habría podido hacer de la escritura un gesto fluido, o más o menos fluido, el que desarrolle con más o menos destreza. No sé, el taller de Jaime Collyer fue muy importante porque ahí me di cuenta qué era escribir, además que en ese taller yo lo pasaba muy bien porque Collyer era divertido. Luego entré en el taller de Pablo Simonetti donde estuve tres años. Y ahí sentí la exigencia. Fue una especie de, no sé si la expresión resulta aplicable, servicio militar donde todas las semanas yo intentaba ser riguroso en el análisis de los textos y en la escritura, y eso me permitió aprender muchísimo, sobre todo en la lectura de los textos de las compañeras y compañeros que tenía, eso fue muy útil y yo trataba de ser muy estricto en el cumplimiento de una exigencia. Finalmente en los talleres de Diamela Eltit y Matías Correa pude escribir esta novela. Entonces, sin los talleres no habría podido hacerlo”.

— ¿Te gusta la literatura chilena actual? Hay otros abogados, colegas tuyos, que se han transformado en escritores. Es el caso de Juan Pablo Roncone, Nicolás Vidal, Alia Trabucco. ¿Leíste Las Homicidas?

—“No, no he leído Las Homicidas. Leí La Resta y me gustó harto. Pero la verdad como que yo tiendo a detestar todo, por su indiferencia. Como que no veo escritores chilenos en las poblaciones, en [la cárcel] Santiago I, en Tiempo Joven [centro conductual de jóvenes, dependiente del SENAME], no los veo en el Sótero del Río. No los veo en los funerales de los narcos, porque ahí es en donde finalmente se está jugando, y no veo a nadie ahí. Puede ser brutal lo que digo, pero mi primera reacción siempre frente a lo social es la rabia y de ahí empiezo como a percudirla. Entiendo que la gente o las personas, los escritores, pueden escribir sobre lo que quieran, pero me cuesta aceptar que esta brutalidad pase por el frente y alguien decida escribir sobre un matrimonio en Nueva York que no tiene hijos. Me cuesta mucho entenderlo y aceptarlo. Sé que tengo que hacerlo, entonces mi visión de la literatura actual tiene que ver con ese gesto, que lleva también mucha culpa porque sé que uno no debiera odiar a las personas por odiarlas, pero no sé cómo vivirlo finalmente.

 

Rodrigo Cortés recomienda a las siguientes autoras:

Del extranjero: Chimamanda Ngozi Adichie, por Americanah; Alice Zeniter, por L’art de perdre; y Zadie Smith, por White Teeth.

De Chile: la poeta Gladys González (“ella me parece increíble, yo no sé por qué ella no tiene más protagonismo. Su poesía es brutal, muy desesperanzada. Hay un uso del lenguaje que me parece muy prolijo”) y María José Ferrada.

 

FICHA:

Buganvilia

Rodrigo Cortés Muñoz

Ediciones El Mercurio

164 páginas

Libro RCortes.JPG

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